Historias

🚨 El alcaide creyó que el preso viejo cargaría con el motín que él provocó, pero cuando lo agarró por el cuello, descubrió que había metido a su peor enemigo en la cárcel 😱

Bienvenido. Si llegaste desde Facebook, es porque quieres saber quién era el preso Clodomiro y qué le pasó al alcaide de Bonao. Aquí tienes la historia completa. El final te va a llenar de alegría.

La olla de los presos

En la cárcel pública de Bonao había quinientos presos. Cada mes, el Estado enviaba dinero para alimentarlos: arroz, habichuelas, pollo, vegetales, leche.

Pero en las bandejas de los presos solo llegaba arroz con gusanos y un agua amarilla que llamaban sopa.

Los presos adelgazaban. Algunos se enfermaban. Los más viejos se debilitaban hasta no poder levantarse.

El alcaide de la panza llena

El alcaide era Marino Quezada. Un hombre de cincuenta y ocho años, de barriga enorme, cachetes colorados y una risa ruidosa.

Quezada compraba la comida más barata, la de peor calidad, y firmaba facturas por comida de primera. La diferencia se la quedaba él.

—Los presos no vienen a comer bien —decía—. Vienen a pagar sus culpas.

El motín del hambre

Un domingo, los presos del pabellón B no aguantaron más. Cuando llegó el arroz con gusanos, tiraron las bandejas al suelo y empezaron a golpear las rejas.

—¡Comida! ¡Comida! ¡Comida!

El motín duró tres horas. Dos guardias resultaron heridos. Los presos fueron castigados.

Pero llegó la noticia a la prensa. Y la capital anunció una investigación.

Quezada necesitaba un culpable. Alguien que firmara que había organizado el motín por motivos personales, no por la comida.

El preso de las canas

Esa semana llegó a la cárcel un preso nuevo. Tenía sesenta y un años, el pelo blanco, un bigote grueso y los brazos fuertes de alguien que ha trabajado toda la vida. Lo habían detenido por una supuesta pelea en un bar. Dijo llamarse Clodomiro Santos.

Quezada lo vio y sonrió.

—Ese. Un viejo peleador. Perfecto para cargar con lo del motín.

La propuesta

Esa noche, llevaron a Clodomiro a la oficina del alcaide.

—Viejo, usted organizó el motín del domingo. Usted les dijo a los presos que tiraran la comida. Firme aquí.

—Señor alcaide, yo llegué el martes. El motín fue el domingo.

—Las fechas las cambio yo con un bolígrafo. Firme.

—No voy a firmar.

La celda sin comida

Quezada ordenó encerrar a Clodomiro en el pabellón B, el del motín. Allí la comida era peor que en ningún otro lugar. Y le dijeron a los guardias que no le dieran ni el arroz con gusanos.

Cada noche, el alcaide pasaba a verlo.

—¿Ya tiene hambre, viejo? Firme y le traigo un plato de pollo de mi propia mesa.

—No voy a firmar.

El cocinero de la cárcel

En la cocina de la cárcel trabajaba un preso de cincuenta años llamado Benito. Había sido cocinero en un hotel antes de caer preso.

Una noche, Benito le pasó a Clodomiro un pedazo de pan por la reja.

—Don, coma algo. Usted no tiene la culpa de nada.

—Gracias, Benito. ¿Tú sabes qué comida llega a la cocina?

—La peor del mercado, don. Arroz picado, habichuelas viejas, pollo que huele mal. Pero yo he visto las facturas que firma el alcaide. Dicen arroz de primera, pollo fresco, vegetales. Yo vi una en la oficina cuando fui a llevarle café.

Las facturas falsas

Clodomiro le pidió a Benito un favor peligroso: tomar fotos de esas facturas con un celular pequeño que había entrado escondido en el forro de su chancleta.

Benito dudó. Luego aceptó.

Durante tres días, cada vez que llevaba café a la oficina del alcaide, fotografiaba las facturas que estaban sobre el escritorio.

Las cifras eran escandalosas. El alcaide cobraba cuatro millones al mes por comida que costaba menos de uno.

La confesión en el pabellón

Una noche, Quezada pasó por el pabellón B con un plato de pollo frito en la mano. Se paró frente a la reja de Clodomiro y empezó a comer delante de él.

—Mira qué rico, viejo. Este pollo lo pagan ustedes, ¿sabías? Con el dinero de su comida me como esto todos los días. Y le mando una parte al director de la región para que firme las cuentas.

—¿Y los presos que se enferman?

—Que se enfermen. Los presos son como los gatos. Siempre sobreviven.

Se rió con la boca llena. En el bolsillo del uniforme de Clodomiro, el celular grababa todo.

La amenaza final

Al décimo día, Quezada bajó con dos guardias y el papel.

—Mañana viene la investigación. Si no firmas esta noche, voy a decir que tú me atacaste y que tuvimos que defendernos. Y a tu edad, nadie sobrevive a una paliza.

Le puso el bolígrafo en la mano.

El agarre del preso

Clodomiro soltó el bolígrafo. Se levantó, flaco y débil, pero con la mirada firme. Agarró al alcaide por el cuello de la camisa.

—La investigación no viene mañana, Quezada. Ya está aquí.

Los guardias se quedaron paralizados. Quezada intentó soltarse, con la cara roja como un tomate.

—¡Suéltame, viejo! ¡Guardias!

En ese momento, las luces del pabellón se encendieron. Por el pasillo llegaron fiscales, auditores y oficiales de alto rango.

La identidad del preso

Un oficial se acercó a Clodomiro y se cuadró.

—Coronel Santos, los proveedores ya fueron detenidos.

Clodomiro soltó al alcaide. Sacó el celular de su bolsillo y se lo entregó a un fiscal.

—Coronel Clodomiro Santos, auditoría de centros penitenciarios. Quezada, yo me dejé arrestar en ese bar para que usted me eligiera como culpable. Comí de su olla. Pasé su hambre. Y aquí están sus facturas falsas y su confesión.

Quezada cayó de rodillas en el piso del pabellón, con el pollo frito todavía en la mano. Lloraba como un niño.

—Coronel… perdóneme… yo no sabía quién era usted…

—Estos quinientos hombres tampoco sabían que usted se comía su comida, Quezada.

Comida de verdad

Quezada, el director de la región y los proveedores fueron procesados. Se recuperaron millones de pesos.

Desde esa semana, los presos de Bonao reciben comida de verdad: arroz bueno, habichuelas, pollo y vegetales. Benito fue nombrado jefe de cocina.

El primer día, Benito le sirvió al coronel un plato de la nueva comida.

—Coronel, pruébelo. Esto sí es comida de gente.

—Benito, este es el mejor plato que he comido en mi vida.

Porque los que roban el pan de los demás creen que el hambre vuelve débil a la gente. Pero el hambre también da fuerza para luchar por la verdad.

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