Historias

🚨 El alcaide creyó que el preso viejo firmaría que hacía las llamadas de secuestros falsos, pero cuando lo agarró por el cuello, descubrió quién estaba al otro lado del teléfono 😱

Bienvenido. Si llegaste desde Facebook, sabemos que te quedaste con ganas de saber quién era en realidad el preso Rogelio y cómo terminó el negocio de las llamadas. Aquí tienes la historia completa. Léela hasta el final, porque te puede proteger a ti y a tu familia.

La llamada de la madrugada

Doña Ercilia tenía setenta y cuatro años y vivía sola en Santiago. Una madrugada sonó su teléfono.

—Abuela, abuela, ayúdeme —decía una voz llorando—. Me tienen secuestrado.

Luego, una voz de hombre, fría:

—Tenemos a su nieto. Si quiere volver a verlo, deposite cincuenta mil pesos en esta cuenta antes de las ocho. Y no llame a la policía.

Doña Ercilia, temblando, fue al banco a primera hora y depositó todos sus ahorros.

A las diez llamó a su nieto. Él estaba en la universidad, tranquilo. Nunca había sido secuestrado.

Cientos de víctimas

Doña Ercilia no fue la única. Cientos de personas mayores en todo el país recibían esas llamadas. Muchas pagaban por miedo.

La policía rastreó las llamadas. Todas venían de la misma zona: la cárcel pública de Hato Mayor.

El alcaide del negocio

El alcaide de esa cárcel era Edmundo Yanes. Un hombre de cincuenta y seis años, de pelo engominado, voz de locutor y un reloj de oro grueso.

Yanes había convertido un pabellón de la cárcel en una oficina de llamadas. Diez presos con celulares llamaban todo el día a números al azar. El dinero llegaba a cuentas de familiares del alcaide.

Cuando la policía empezó a investigar, Yanes se asustó. Necesitaba un culpable.

El preso viejo

Esa semana llegó a la cárcel un preso nuevo. Tenía sesenta y dos años, el pelo canoso, lentes de lectura y una voz grave y tranquila. Lo habían detenido por un supuesto fraude bancario. Dijo llamarse Rogelio Bencosme.

Yanes leyó su expediente y sonrió.

—Un estafador de bancos. Perfecto para cargar con lo de las llamadas.

La propuesta

Esa noche, llevaron a Rogelio a la oficina.

—Señor Bencosme, usted es el cabecilla de las llamadas de secuestros falsos. Este celular es suyo. Firme aquí.

Le puso delante un celular viejo y un papel.

—Señor alcaide, yo llegué hoy. Ese teléfono no es mío.

—Desde hoy es suyo. Firme.

—No voy a firmar.

El pabellón de las llamadas

Yanes tuvo una idea. Mandó a Rogelio al pabellón de las llamadas. Si alguien lo encontraba allí, con un celular en la mano, nadie dudaría de su culpa.

—Vas a trabajar con ellos. Y vas a hacer llamadas. Si no las haces, no comes.

Rogelio se negó a llamar. Pasó días sin comer. Cada noche, Yanes pasaba a preguntar.

—¿Ya firmas, viejo?

—No voy a firmar. Y no voy a llamar a ninguna abuela.

Los presos de las llamadas

En el pabellón, Rogelio habló con los otros presos. Muchos estaban ahí obligados.

—Don, si no hacemos llamadas, el alcaide nos quita las visitas —le dijo un preso joven llamado Johan—. Yo no quiero hacer esto. Mi propia abuela se murió del corazón. Me da vergüenza.

—¿Tú sabes a qué cuentas va el dinero?

—Sí. El alcaide nos da los números en un papelito cada mañana. Son cuentas de su cuñado y de su sobrina.

Johan le dio a Rogelio uno de esos papelitos. Rogelio lo guardó en el forro de su chancleta.

El teléfono del otro lado

Rogelio sabía algo que el alcaide no sabía. Cada uno de los celulares del pabellón tenía un número único, el IMEI. Y la policía tenía registrados los números de todos los teléfonos que habían hecho llamadas de secuestros falsos.

Una noche, Rogelio anotó en un papelito los IMEI de todos los celulares del pabellón, abriendo cada teléfono mientras los presos dormían.

Y el celular viejo que el alcaide le quería cargar a él tenía un IMEI que había sido activado por primera vez en la casa del propio Yanes.

La confesión del alcaide

Una noche, Yanes entró al pabellón para recoger el dinero de la semana. Estaba de buen humor. Rogelio estaba sentado en su catre.

—Esta semana sacamos un millón —dijo Yanes a su guardia de confianza—. Las abuelas son las que más pagan. El director regional se lleva su parte. Y el viejo va a cargar con todo cuando llegue la policía.

—¿Y si el viejo no firma?

—Lo firmo yo por él. Su firma es fácil de copiar.

Rogelio, en su catre, tenía el celular viejo que el alcaide le había dado. Lo que Yanes no sabía es que ese celular estaba en una llamada abierta. Del otro lado, un fiscal escuchaba todo.

La amenaza final

Al día diez, Yanes llegó con dos guardias y el papel.

—Se acabó. Mañana viene la policía. Si no firmas esta noche, firmo yo por ti. Y te dejo aquí hasta que te mueras.

Le puso el bolígrafo en la mano.

El agarre del preso

Rogelio soltó el bolígrafo. Se levantó y agarró al alcaide por el cuello de la camisa.

—La policía no viene mañana, Yanes. Ya lo está escuchando.

Le mostró el celular. En la pantalla se veía una llamada activa de más de veinte minutos.

Yanes se puso pálido. Intentó soltarse.

—¡Suéltame, viejo! ¡Guardias!

En ese momento, sonaron las sirenas en el portón. Por el pasillo llegaron fiscales y agentes de una unidad de delitos tecnológicos.

La identidad del preso

Un agente se acercó a Rogelio y se cuadró.

—Comandante Bencosme, las cuentas del cuñado y la sobrina ya están congeladas.

Rogelio soltó al alcaide y le entregó el celular al fiscal, junto con los papelitos de los IMEI y las cuentas.

—Comandante Rogelio Bencosme, unidad de investigación de delitos tecnológicos. Yanes, yo me dejé arrestar por un fraude que nunca cometí. Usted me dio el teléfono que lo iba a hundir. Y ese teléfono fue activado en su casa.

Yanes cayó de rodillas en el pabellón. Se le cayó el reloj de oro. Lloraba como un niño.

—Comandante… perdóneme… yo no sabía quién era usted…

—Doña Ercilia tampoco sabía que su nieto estaba a salvo, Yanes.

Las abuelas recuperan su dinero

Yanes, el director regional, el cuñado y la sobrina fueron procesados. Se recuperaron millones de pesos de las cuentas.

Cientos de víctimas recibieron su dinero de vuelta. Doña Ercilia recuperó sus cincuenta mil pesos.

Johan colaboró como testigo y recibió una reducción de condena.

El comandante Bencosme dio una charla por la radio para enseñar a las personas mayores a protegerse de esas llamadas.

—Si alguien la llama diciendo que tiene a su nieto, cuelgue y llame a su nieto. Nunca deposite dinero por miedo.

Porque los que se aprovechan del miedo de los abuelos creen que nadie los va a rastrear. Pero cada llamada deja una huella, y la justicia sabe seguirla.

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