Historias

🚨 El capataz del batey creyó que el cortador de caña nuevo era un pobre diablo, pero su viejo radio y su verdadero rango lo hicieron llorar de miedo 😱

Bienvenido. Si llegaste desde Facebook, sabemos que te quedaste con la intriga de saber quién era en realidad el cortador Remigio. Aquí tienes la historia completa. Te va a conmover, y el final te va a llenar de alegría.

El mar de caña

Alrededor de La Romana, la caña de azúcar se extiende como un mar verde hasta donde alcanza la vista. En medio de los cañaverales hay pequeños pueblos llamados bateyes, donde viven los trabajadores que cortan la caña.

Es un trabajo durísimo. Machete en mano, bajo un sol abrasador, desde el amanecer hasta la tarde.

El capataz del batey

En el batey San Gregorio mandaba el capataz Fermín Ozuna. Un hombre de cincuenta años, de sombrero de paja, látigo de cuero y una libreta grasienta donde anotaba las deudas de todos.

Ozuna controlaba la única tienda del batey, el único pozo de agua y la báscula donde se pesaba la caña.

Y había convertido todo eso en una trampa.

La deuda que nunca terminaba

Los cortadores compraban en la tienda de Ozuna a crédito. Arroz, aceite, jabón. Los precios eran el doble que en el pueblo.

El agua del pozo, que debía ser gratis, la cobraba a diez pesos el galón.

Y en la báscula, la caña pesaba siempre menos de lo que debía.

Al final de cada quincena, la deuda era más grande que el sueldo. Nadie podía irse del batey sin pagar. Y nadie podía pagar nunca.

El viejo de las manos rotas

Don Joselito tenía sesenta y nueve años y llevaba cincuenta cortando caña. Tenía las manos llenas de cicatrices y la espalda doblada.

Un día quiso irse a vivir con su hija en San Pedro.

—Tú me debes ochenta mil pesos, viejo —le dijo Ozuna, mostrándole la libreta—. De aquí no te vas hasta que pagues.

—¡Pero si yo nunca he comprado tanto!

—La libreta no miente.

Don Joselito se sentó en el suelo de tierra y lloró.

El cortador nuevo

Un día llegó al batey un cortador nuevo. Se llamaba Remigio Batista. Tenía unos cuarenta y ocho años, era fuerte, callado y llevaba colgado al hombro un viejo radio de transistores, de esos de antes, forrado en cuero.

—Vengo a trabajar, capataz.

Ozuna lo miró de arriba abajo.

—Tú vas al surco del fondo, donde la caña es más dura y no hay sombra. Y ese radio lo apagas, que aquí no se viene a bailar.

Los cortadores se rieron. Remigio sonrió y apagó el radio.

El surco más duro

Remigio cortaba caña en el surco del fondo, el peor de todos. La caña era gruesa y dura como palo. No había un solo árbol para descansar.

Ozuna pasaba a caballo y lo humillaba.

—¡Batista! ¡Cortas como una mujer! ¡Hoy no te pago!

Y le tiraba la cantimplora al suelo para que se derramara el agua.

Remigio la recogía y seguía cortando. Pero cada tarde, cuando pesaban su caña, anotaba en su memoria cuánto había cortado en realidad. Y cuánto marcaba la báscula.

El radio de las noches

Por las noches, en la galera donde dormían los cortadores, Remigio encendía su radio viejo. Ponía merengue típico y bachata. Los trabajadores se reunían a su alrededor a escuchar.

Y en esas noches, le contaban sus historias. Las deudas falsas. Los precios abusivos. Los golpes del capataz.

Lo que nadie sabía era que dentro del radio había un grabador moderno. Mientras sonaba la música, grababa cada testimonio.

La báscula trucada

Una tarde, Remigio se quedó después de la jornada. Se escondió detrás de unos sacos y vio a Ozuna ajustar algo debajo de la báscula con un destornillador.

Al día siguiente, la caña de todos pesó veinte por ciento menos.

Remigio pidió a tres cortadores que pesaran sus cargas también en una balanza de colgar que había traído escondida. Las diferencias eran enormes. Anotó cada número.

La confesión en la tienda

Un viernes en la noche, Ozuna estaba en la tienda contando dinero con un hombre que había llegado en una yipeta. Remigio entró a comprar jabón, con su radio al hombro.

—¿Y este? —preguntó el de la yipeta.

—Un cortador bruto. Ni sabe leer. Siga, licenciado.

—¿Cuánto este mes, Ozuna?

—Entre la báscula, el agua y la tienda, un millón doscientos. Su parte es la mitad. Y al inspector de trabajo le mandé lo de siempre para que no venga.

—¿Y los que quieren irse?

—No se va nadie. Todos me deben. La libreta es la cadena.

Remigio pagó su jabón y salió. El radio, colgado de su hombro, había grabado todo.

El castigo del capataz

Al día siguiente, Ozuna encontró a Remigio hablando con don Joselito y otros cortadores.

—¿Qué estás tramando, Batista? ¡Tú andas revolviendo a la gente!

Le arrancó el radio del hombro y lo tiró al suelo.

—¡Desde hoy no comes en mi tienda ni bebes de mi pozo! ¡A ver cuánto aguantas!

Remigio recogió el radio con calma. Por suerte, el cuero lo había protegido.

—Gracias, capataz. Me ahorró mucho trabajo.

Las camionetas en el batey

Esa misma tarde, por el camino de tierra entre los cañaverales, llegaron varias camionetas. Bajaron inspectores de trabajo, fiscales, oficiales de alto rango y técnicos con una báscula certificada.

Ozuna salió de la tienda con la libreta en la mano.

—¿Qué es esto? ¡Aquí todo está en orden!

Un coronel caminó directamente hacia Remigio y se cuadró.

—Mi coronel.

El radio y la estrella

Remigio abrió la tapa trasera del radio y sacó una tarjeta de memoria. Se la entregó a un fiscal. Luego sacó de su bolsillo una insignia con una estrella dorada.

—Coronel Remigio Batista, unidad de lucha contra el trabajo forzoso. Ozuna, usted me mandó al surco más duro. Pero desde ese surco vi cómo le robaba a cada hombre de este batey.

Ozuna dejó caer la libreta. Se le doblaron las piernas y cayó de rodillas en la tierra roja.

Empezó a llorar como un niño.

—Coronel… perdóneme… yo solo cumplía órdenes…

—Don Joselito lleva cincuenta años cumpliendo con su trabajo, Ozuna. Y usted le robó cada uno de esos años.

Libres al fin

Ozuna, el licenciado de la yipeta y el inspector corrupto fueron procesados. Todas las deudas de la libreta fueron anuladas. El agua del pozo volvió a ser gratis y la báscula fue reemplazada por una certificada.

Los cortadores recibieron el dinero que les habían robado durante años.

Don Joselito por fin pudo irse a vivir con su hija en San Pedro. El día que se montó en la guagua, Remigio fue a despedirlo.

—Coronel, ¿me regala su radio?

—Es suyo, don Joselito. Que le dé música para el resto de su vida.

Porque los que encadenan a los humildes con deudas falsas creen que nadie romperá la cadena. Pero la justicia también sabe trabajar bajo el sol, machete en mano, esperando el momento justo.

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