🚨 El sargento mayor creyó que el soldado de la guitarra era un vago para humillar, pero cuando supo su verdadero rango lloró como un niño 😱
Bienvenido. Si llegaste desde Facebook, es porque quieres saber quién era en realidad el soldado Anselmo y qué escondía su guitarra. Aquí tienes la historia completa. El final te va a dar ganas de cantar.
Las lomas del mineral
Alrededor de Bonao, las montañas guardan riquezas. Minerales que se extraen, se cargan en camiones y se llevan a las plantas de procesamiento y a los puertos para exportar.
Cada camión vale una fortuna. Por eso, los caminos de las minas tienen vigilancia militar.
El sargento mayor del puesto
En uno de esos caminos había un puesto militar. Lo comandaba el sargento mayor Luciano Viloria. Un hombre de cincuenta años, de brazos tatuados, gorra de camuflaje y una risa que sonaba como un trueno.
Su trabajo era vigilar que cada camión llegara completo a su destino.
Pero algunos camiones nunca llegaban.
Los camiones desviados
Cada semana, dos o tres camiones cargados de mineral se desviaban por un camino de tierra. Los llevaban a un almacén escondido, donde el mineral se vendía a compradores ilegales.
En los registros del puesto, esos camiones aparecían como «entregados».
Los choferes que se negaban a participar eran despedidos. O peor.
El chofer que dijo no
Don Bienvenido Mota tenía sesenta y un años y llevaba treinta manejando camiones. Un día, el sargento Viloria le ordenó desviarse por el camino de tierra.
—Yo no hago eso, sargento. Yo soy un hombre honrado.
Una semana después, encontraron droga en la cabina de su camión. Don Bienvenido juraba que no era suya. Pasó cuatro meses preso hasta que un juez lo dejó libre por falta de pruebas.
Perdió su trabajo. Nadie quiso contratarlo.
El soldado de la guitarra
Unos meses después, llegó al puesto un soldado nuevo. Se llamaba Anselmo Ventura. Tenía cuarenta y cuatro años, era delgado, de mirada tranquila y traía una guitarra vieja colgada a la espalda.
—Soldado Ventura, a la orden, mi sargento mayor.
Viloria soltó una carcajada.
—¿Y esto qué es? ¿Un soldado o un trovador? ¡Aquí no se viene a cantar! Vas a cavar las zanjas del camino y a lavar los camiones. Y esa guitarra la guardas.
Los soldados se rieron. Anselmo sonrió y guardó la guitarra.
Zanjas bajo la lluvia
Anselmo cavaba zanjas en el camino de tierra para que corriera el agua de la lluvia. Lavaba los camiones llenos de lodo. Cargaba piedras.
Viloria lo humillaba delante de todos.
—¡Ventura! ¡Esa zanja está torcida! ¡Cávala otra vez, trovador!
Y le tiraba lodo con la bota.
Anselmo volvía a cavar sin decir nada. Pero mientras cavaba en el camino, contaba los camiones que pasaban. Anotaba las placas en su memoria. Y se fijaba cuáles se desviaban por el camino de tierra.
Canciones de noche
Por las noches, cuando terminaba el trabajo, Anselmo sacaba su guitarra y cantaba boleros y bachatas viejas en el patio del puesto.
Al principio, Viloria se burlaba. Pero pronto, hasta él se sentaba a escuchar con una cerveza en la mano.
Y cuando el ron se le subía a la cabeza, hablaba.
Lo que nadie sabía era que dentro de la caja de la guitarra, pegado a la madera, había un micrófono con grabador.
Los registros de la báscula
En la planta de procesamiento, cada camión se pesaba al llegar. Anselmo consiguió, a través de un amigo, una copia de los registros de la báscula.
Los comparó con los registros del puesto. Según el puesto, en el último año habían pasado mil doscientos camiones. Según la báscula de la planta, solo habían llegado novecientos.
Trescientos camiones habían desaparecido en el camino.
La noche de la serenata
Una noche de sábado, Viloria estaba de muy buen humor. Había cobrado un pago grande. Se sentó junto a Anselmo con una botella de ron.
—Toca algo bonito, trovador. Hoy estoy contento.
Anselmo tocó un bolero. Viloria cerró los ojos y empezó a hablar.
—¿Tú sabes cuánto me deja este puesto? Cada camión desviado son trescientos mil pesos. Este año llevo trescientos. Haz la cuenta. Y al coronel de la región le doy su parte cada mes.
—¿Y los choferes que no quieren?
—Al que no quiere, le pongo droga en el camión. Como al viejo Mota. Así aprenden todos.
La guitarra seguía sonando. Y grabando.
La sospecha del sargento
Al día siguiente, Viloria agarró la guitarra de Anselmo para burlarse de él y tocar algo.
Al rasguear las cuerdas, escuchó un ruidito dentro de la caja. La sacudió. Algo se movía.
Metió la mano por la boca de la guitarra y sacó el grabador.
—¡Esto es un micrófono! ¡Tú me estás grabando!
Estrelló la guitarra contra el suelo. La madera se partió en pedazos.
—¡Ahora sí te vas a enterar, trovador!
Los camiones detenidos
Pero el grabador estaba vacío. Anselmo había enviado los archivos esa misma madrugada.
En ese momento, varias camionetas militares y vehículos de la fiscalía llegaron al puesto. Al mismo tiempo, en el almacén escondido, detenían a los compradores ilegales con cinco camiones de mineral.
Un general bajó de la primera camioneta y se cuadró frente a Anselmo.
—Mi coronel.
La estrella del trovador
Anselmo recogió los pedazos de su guitarra con tristeza. Luego sacó de su bota una insignia con una estrella dorada.
—Coronel Anselmo Ventura, unidad de investigación de delitos contra los recursos del Estado. Sargento mayor Viloria, usted me puso a cavar zanjas. Y en cada serenata, usted me contó sus crímenes.
Viloria retrocedió. Se le doblaron las piernas y cayó de rodillas sobre los pedazos de la guitarra.
Lloraba como un niño.
—Coronel… por favor… yo no sabía… perdóneme…
—Don Bienvenido Mota pasó cuatro meses preso por su culpa, Viloria. Eso no se perdona con lágrimas.
Una canción para don Bienvenido
Viloria, el coronel de la región y los compradores ilegales fueron procesados. Se recuperaron millones en mineral robado.
Don Bienvenido fue declarado inocente de forma oficial. Recibió una indemnización y le devolvieron su trabajo de chofer.
El día que volvió a manejar, el coronel Ventura lo esperaba en el puesto con una guitarra nueva.
—Don Bienvenido, ¿qué canción quiere?
—Una alegre, coronel. Hoy es un día de fiesta.
Porque los que abusan del poder creen que nadie escucha lo que dicen cuando están confiados. Pero la verdad, como una buena canción, siempre encuentra quien la escuche.

