🚨 El mafioso creyó que el viejo relojero estaba vencido cuando secuestraron a su nieta, pero el reloj que le arregló terminó contando su final 😱
Si vienes desde Facebook y quieres conocer el final de la historia de don Bienvenido, aquí te la contamos completa.
Lee con atención, porque en esta historia cada segundo cuenta, y un simple reloj cambió el destino de una familia.
El taller de los mil relojes
En una calle antigua de Puerto Plata, cerca del malecón, había un tallercito lleno de relojes de pared, de bolsillo y de pulsera.
Allí trabajaba don Bienvenido Lora, de 77 años, con una lupa en el ojo y unas pinzas finísimas.
Sus manos temblaban un poco, pero cuando arreglaba un reloj, se volvían firmes como una roca.
Vivía con su nieta Ámbar, de 11 años, a quien le puso ese nombre por la piedra que tanto amaba su difunta esposa.
—Abuelo, ¿por qué los relojes hacen tic tac? —le preguntaba ella de chiquita.
—Para recordarnos que el tiempo es lo más valioso que tenemos, mi amor —respondía él.
El cliente del reloj de oro
Un día entró al taller un hombre elegante, con traje blanco y un reloj de oro en la muñeca.
Se llamaba Octavio Belliard y tenía varias joyerías en la zona turística.
—Viejo, me dijeron que usted es el mejor relojero del norte. Quiero que trabaje para mí.
Don Bienvenido le arregló varios relojes y el hombre pagó bien.
Pero un día, Octavio llegó con una caja llena de joyas sin factura.
—Necesito que me guarde esto en su taller. Aquí nadie va a buscar.
—Señor, yo no guardo lo que no es mío. Lo siento.
El sargento que vigilaba
Al día siguiente, un sargento se presentó en el taller.
Era el sargento Jacinto Peña, y todos sabían que trabajaba para Octavio.
—Viejo, hágale caso al señor Belliard. A él no se le dice que no.
—Yo soy un hombre honrado, sargento.
—Los hombres honrados también tienen nietas, viejo. Piénselo bien.
Don Bienvenido miró hacia el fondo del taller, donde Ámbar dibujaba en una libreta.
La tarde en el malecón
Un domingo, Ámbar fue con unas amigas a comprar helado en el malecón.
Las amigas regresaron llorando: dos hombres habían subido a Ámbar a una camioneta.
Don Bienvenido salió corriendo de su taller, cayó en la acera y se raspó las rodillas.
Esa noche, recibió una llamada.
—Ahora va a guardar las joyas y va a hacer lo que le diga. Si va donde la policía, el sargento me avisa. Su nieta está bien… por ahora.
Un abuelo hecho pedazos
Al día siguiente, los vecinos encontraron a don Bienvenido sentado en su banco de trabajo, con las rodillas vendadas, llorando.
—¿Qué voy a hacer yo, un viejo relojero? No sé pelear, no tengo dinero. Me van a quitar a mi niña.
Octavio Belliard pasó por el taller y le puso la caja de joyas en la mesa.
—Así me gusta, viejo. Calladito y obediente. Y de paso, arrégleme mi reloj de oro, que se está atrasando.
Don Bienvenido tomó el reloj con las manos temblorosas.
—Sí, señor. Como usted diga.
Las manos que no temblaban
Esa noche, con el taller cerrado, don Bienvenido abrió un cajón con llave que nadie había visto abierto.
Dentro había una boina, un diploma y una foto de un joven Bienvenido en uniforme, rodeado de equipos electrónicos.
Durante veinticinco años, había sido técnico especialista en electrónica y comunicaciones de una unidad de élite.
Construía micrófonos ocultos, desactivaba aparatos peligrosos y fabricaba equipos que cabían en la palma de la mano.
Se retiró para dedicarse a lo que amaba: los relojes.
Tomó el reloj de oro de Octavio, se puso la lupa y sonrió.
—Tú vas a ser mi mejor testigo.
El micrófono más pequeño del mundo
Durante toda la noche, don Bienvenido trabajó en el reloj.
Le colocó adentro un micrófono diminuto y un pequeño transmisor, sin alterar en nada su funcionamiento.
Cada palabra que Octavio dijera llevando ese reloj llegaría a un receptor escondido en el taller.
Luego llamó a un antiguo compañero de su unidad, ahora coronel retirado en Santiago.
—Necesito un fiscal que no tenga miedo, compadre. Y necesito que vengas.
—Bienvenido, voy saliendo ya mismo.
Escuchando al mafioso
Al día siguiente, Octavio recogió su reloj de oro.
—Ahora sí está perfecto, viejo. Usted es un artista.
—Gracias, señor. Que lo disfrute.
Esa tarde, en el taller, don Bienvenido, el coronel y una fiscal escuchaban todo lo que pasaba alrededor de Octavio.
—Sargento, la niña sigue en la villa de Cofresí, en el sótano. Cuando el viejo termine de esconder la mercancía, la mandamos lejos.
—¿Y el pago de esta semana, jefe?
—Ahí está tu sobre. Cuida que nadie se acerque a la villa.
La fiscal no podía creer lo que escuchaba.
—Don Bienvenido, esto es oro puro. Más que ese reloj.
El plan de rescate
La fiscal organizó un operativo con agentes de la capital.
El coronel retirado ayudó a planificar la entrada a la villa sin poner en riesgo a la niña.
—Tenemos que hacerlo mientras Octavio esté lejos de la villa —dijo el coronel.
—Yo me encargo de eso —respondió don Bienvenido—. Lo voy a citar en el taller para entregarle las joyas.
La cita en el taller
A las cinco de la tarde, Octavio entró al taller con el sargento Peña.
—¿Tiene todo listo, viejo?
—Sí, señor. Aquí está todo. Pero antes quiero saber si mi nieta está bien.
—Está en la villa, comiendo y durmiendo. No se preocupe. Si se porta bien, en una semana la suelto.
Don Bienvenido miró el reloj de pared.
—Señor Belliard, ¿sabe qué hora es?
—Las cinco y diez. ¿Por qué?
—Es la hora en que se le acabó el tiempo.
La caída del hombre del traje blanco
En ese instante, la puerta del taller se abrió y entraron los agentes de la fiscalía.
—¡Octavio Belliard, sargento Jacinto Peña, quedan detenidos por secuestro, lavado de activos y corrupción!
El sargento intentó sacar su arma, pero el coronel retirado, que estaba detrás de un estante, lo sujetó por el brazo.
Octavio miró a don Bienvenido con furia.
—¿Cómo supieron?
Don Bienvenido señaló el reloj de oro en su muñeca.
—Usted mismo me lo contó todo, señor. Cada palabra.
Al mismo tiempo, en Cofresí, los agentes entraban al sótano de la villa.
Ámbar vuelve al taller
Una hora después, Ámbar entró corriendo al taller y se lanzó a los brazos de su abuelo.
—¡Abuelo! Pensé que nunca más iba a escuchar tus relojes.
—Mientras yo viva, mi amor, aquí siempre va a sonar el tic tac.
Los relojes de pared marcaban las seis, y todos sonaron al mismo tiempo, como celebrando.
El tiempo de la justicia
Octavio Belliard y el sargento fueron condenados. Sus joyerías eran la fachada de una red que lavaba millones.
Don Bienvenido devolvió las joyas a la fiscalía para que regresaran a sus verdaderos dueños.
Volvió a su taller, a su lupa y a sus pinzas.
Ahora, cuando alguien le lleva un reloj, le dice sonriendo:
—Tranquilo, que este reloj no escucha nada… a menos que sea necesario.
El tiempo de los abusadores siempre se acaba: la justicia puede atrasarse, pero como un buen reloj, tarde o temprano marca la hora exacta.

