Historias

馃毃 El capit谩n crey贸 que el recluta viejo nunca descubrir铆a a sus soldados fantasmas, pero cuando el veterano lo agarr贸 por el cuello, su rango lo hizo llorar 馃槺

Bienvenido. Si llegaste desde Facebook, es porque quieres saber qui茅n era el recluta Eugenio y c贸mo descubri贸 a los soldados fantasmas. Aqu铆 tienes la historia completa. El final te va a dar mucha satisfacci贸n.

El pueblo al pie de la sierra

Duverg茅 es un pueblo caliente del suroeste, al pie de la sierra de Bahoruco, cerca del lago Enriquillo. All铆 el sol quema fuerte y el agua es escasa.

En el pueblo hab铆a un destacamento militar con, seg煤n los papeles, cuarenta soldados.

Pero si alguien contaba, solo encontraba veinte.

Los soldados que no exist铆an

El comandante del destacamento era el capit谩n Manuel Encarnaci贸n. Un hombre de cuarenta y ocho a帽os, de lentes oscuros, sombrero de ala ancha y una camioneta nueva.

Encarnaci贸n ten铆a en su n贸mina a veinte soldados que no exist铆an. Nombres inventados o de personas que nunca se presentaron. Cada mes, el Estado depositaba sus sueldos en tarjetas de d茅bito.

Y esas tarjetas las ten铆a el capit谩n en una gaveta.

Los soldados de verdad

Mientras tanto, los veinte soldados reales hac铆an el trabajo de cuarenta. Turnos dobles, patrullas sin descanso, guardias de noche.

Dorm铆an en colchones rotos. Com铆an arroz con salsa. Las botas ten铆an huecos.

Uno de ellos, un muchacho de veintid贸s a帽os llamado Rafelito, se desmay贸 en una patrulla por el calor y el cansancio. Lo llevaron al hospital con deshidrataci贸n.

La madre del soldado

Do帽a Altagracia, la madre de Rafelito, fue al destacamento a reclamar.

鈥擟apit谩n, 驴por qu茅 mi hijo trabaja tanto? Me dice que hace guardia todas las noches.

鈥擲e帽ora, aqu铆 todo el mundo trabaja igual. Su hijo es d茅bil. Eso no es culpa m铆a.

Do帽a Altagracia escribi贸 una carta a la capital. Con su letra temblorosa, cont贸 lo que sab铆a.

El recluta de canas

Unas semanas despu茅s, lleg贸 al destacamento un recluta nuevo. Ten铆a sesenta y un a帽os, el pelo blanco, la piel quemada por el sol y una forma de caminar firme.

Se llamaba Eugenio Pacheco.

鈥擱ecluta Pacheco, reservista, a la orden, mi capit谩n.

Encarnaci贸n lo mir贸 con desprecio.

鈥斅縔 para qu茅 me mandan a un abuelo? 隆Si ni sirves para una patrulla! Vas a cavar las letrinas nuevas del patio y a cargar el agua del pozo. Y no me molestes.

Los soldados no se rieron. Estaban demasiado cansados para re铆rse.

Letrinas y agua

Eugenio cavaba letrinas bajo el sol del suroeste. Cargaba cubetas de agua desde el pozo hasta la cocina. Barr铆a el patio.

Encarnaci贸n lo humillaba cuando sal铆a de su oficina con aire acondicionado.

鈥斅acheco! 隆Ese hoyo est谩 torcido! 隆C谩valo otra vez, viejo!

Y le tiraba tierra con la bota.

Eugenio volv铆a a cavar sin decir una palabra. Pero cada ma帽ana, durante la formaci贸n, contaba a los soldados. Siempre eran veinte.

El pase de lista

Cada ma帽ana, el sargento pasaba lista en la formaci贸n. Le铆a cuarenta nombres. Veinte respond铆an 芦presente禄. Los otros veinte… el sargento simplemente marcaba 芦presente禄 con un l谩piz sin decir nada.

Eugenio vio eso el primer d铆a. Y el segundo. Y el tercero.

Una noche, mientras barr铆a la oficina del sargento, fotografi贸 el libro de pase de lista con un celular peque帽o que guardaba en su gorra.

La gaveta del capit谩n

Unos d铆as despu茅s, el capit谩n sali贸 a una reuni贸n en Jiman铆. Dej贸 su oficina cerrada, pero Eugenio ten铆a que limpiarla.

En la gaveta del escritorio encontr贸 un sobre con veinte tarjetas de d茅bito. Cada una con un nombre diferente. Los mismos nombres de los soldados que nunca aparec铆an.

Fotografi贸 cada tarjeta. Y anot贸 los nombres.

Los nombres inventados

Eugenio investig贸 los nombres en sus ratos libres. Habl贸 con el registro civil del pueblo y de los pueblos cercanos.

Algunos nombres no exist铆an. Otros eran de personas reales: un se帽or de ochenta a帽os que nunca hab铆a sido soldado, un muchacho que viv铆a en Espa帽a desde hac铆a diez a帽os, una mujer que hab铆a muerto en 2019.

Todos cobraban sueldo de soldado cada mes.

La confesi贸n en la camioneta

Un viernes, el capit谩n llam贸 a Eugenio para que le lavara la camioneta. Mientras Eugenio lavaba, Encarnaci贸n hablaba por tel茅fono dentro, con las ventanas abiertas.

鈥擲铆, coronel. Este mes son seiscientos mil. Los veinte de siempre. Le deposito su mitad el lunes.

Una pausa. Se ri贸.

鈥擭o, nadie se da cuenta. Los muchachos hacen el trabajo de todos. Y el sargento marca la lista como yo le digo.

Eugenio, lavando el cap贸, ten铆a el celular en el bolsillo de la camisa, grabando.

El soldado desmayado

Al d铆a siguiente, Rafelito, reci茅n salido del hospital, se desmay贸 otra vez en la formaci贸n. Cay贸 al suelo, p谩lido.

Encarnaci贸n se acerc贸 gritando.

鈥斅ev谩ntate, flojo! 隆Te voy a mandar a la frontera!

Le dio una patada en la pierna.

El agarre del veterano

Eugenio solt贸 la cubeta de agua. Camin贸 hasta el capit谩n y lo agarr贸 por el cuello del uniforme con una mano firme.

鈥擴sted no vuelve a tocar a ese muchacho.

Los soldados se quedaron paralizados. Encarnaci贸n intent贸 soltarse, furioso.

鈥斅u茅ltame, viejo! 隆Te voy a encerrar en el calabozo!

鈥擴sted tiene veinte soldados en la n贸mina que no existen, capit谩n. Ellos s铆 pueden ir al calabozo. Pero como no existen, va usted.

En ese momento, varias camionetas militares y de la fiscal铆a entraron al patio.

El rango del recluta

Un general baj贸 de la primera camioneta y se cuadr贸 frente a Eugenio.

鈥擬i general.

Eugenio solt贸 al capit谩n. Sac贸 de su gorra una insignia con estrellas doradas.

鈥擥eneral de brigada Eugenio Pacheco, auditor铆a general de las fuerzas armadas. Capit谩n Encarnaci贸n, usted me puso a cavar letrinas. Pero yo cont茅 a sus soldados cada ma帽ana. Y encontr茅 a sus veinte fantasmas en su gaveta.

Encarnaci贸n se quit贸 los lentes oscuros. Cay贸 de rodillas en el patio caliente. Lloraba como un ni帽o.

鈥擬i general… perd贸neme… yo no sab铆a qui茅n era usted…

鈥擱afelito tampoco sab铆a por qu茅 trabajaba por dos, capit谩n.

Soldados de carne y hueso

Encarnaci贸n, el coronel que recib铆a la mitad y el sargento c贸mplice fueron procesados. Se recuperaron millones de pesos.

Con ese dinero, el destacamento recibi贸 colchones nuevos, botas, uniformes y comida decente. Y se asignaron veinte soldados reales m谩s.

Rafelito se recuper贸 por completo. Do帽a Altagracia recibi贸 una carta del general Pacheco: 芦Su carta fue el comienzo de todo. Su hijo es un buen soldado禄.

Porque los que roban con nombres falsos creen que nadie va a contar. Pero la justicia sabe contar, uno por uno, hasta el 煤ltimo fantasma.

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