馃毃 El alcaide crey贸 que el preso viejo cargar铆a con la pistola del narco, pero cuando lo agarr贸 por el cuello, descubri贸 que el celular del narco lo hab铆a traicionado 馃槺
Bienvenido. Si llegaste desde Facebook, sabemos que te quedaste con la intriga de saber qui茅n era el preso Policarpo y qu茅 le pas贸 al alcaide de Azua. Aqu铆 tienes la historia completa. El final te va a sorprender.
La celda de lujo
En la c谩rcel p煤blica de Azua, la mayor铆a de los presos dorm铆a en el suelo, amontonados, sin ventilador y con poca comida.
Pero hab铆a una celda distinta. Ten铆a aire acondicionado, televisor grande, nevera, cama matrimonial y una cocina peque帽a.
Era la celda de don Sebasti谩n, un narcotraficante conocido en todo el sur. Desde all铆 segu铆a manejando su negocio como si estuviera en su casa.
El alcaide del narco
El responsable de que todo eso fuera posible era el alcaide Narciso Lizardo. Un hombre de cincuenta y seis a帽os, de pelo canoso engominado, traje de lino y anillos de oro.
Don Sebasti谩n le pagaba quinientos mil pesos al mes. A cambio, Lizardo le daba privilegios, celulares, visitas sin l铆mite y protecci贸n.
Incluso le permit铆a tener una pistola escondida en la celda, 芦por seguridad禄.
La requisa sorpresa
Un d铆a, sin aviso, lleg贸 a la c谩rcel una requisa ordenada desde la capital. Revisaron celda por celda.
Lizardo no alcanz贸 a esconder todo. En el pasillo de los pabellones, cerca de la celda de lujo, encontraron una pistola.
Lizardo necesitaba que alguien dijera que esa pistola era suya. Alguien que no fuera don Sebasti谩n.
El preso que lleg贸 a tiempo
Esa misma tarde lleg贸 un preso nuevo. Ten铆a sesenta a帽os, el pelo blanco cortado al rape, una cicatriz en la mano y una mirada muy tranquila. Lo hab铆an detenido por una supuesta ri帽a en un colmado. Dijo llamarse Policarpo Vicente.
Lizardo lo vio en la fila de ingreso y no lo pens贸 dos veces.
鈥擡se. Ese firma lo de la pistola.
La propuesta en la oficina
Esa noche llevaron a Policarpo a la oficina.
鈥擲e帽or Vicente, usted meti贸 esa pistola a la c谩rcel. Firme aqu铆. Le doy una buena celda y en un a帽o le consigo la libertad.
鈥擲e帽or alcaide, yo llegu茅 hoy. Esa pistola la encontraron esta ma帽ana.
鈥擫as horas se cambian. Firme.
鈥擭o voy a firmar.
El castigo del pabell贸n
Lizardo mand贸 a Policarpo al pabell贸n m谩s peligroso de la c谩rcel. Y les dio una orden a algunos presos de confianza de don Sebasti谩n: hacerle la vida imposible al viejo hasta que firmara.
Le quitaron la comida. Le tiraron agua en el colch贸n. No lo dejaban dormir.
Cada noche, Lizardo pasaba a preguntar.
鈥斅縔a firmas, viejo?
鈥擭o voy a firmar.
El celular del narco
Policarpo sab铆a algo que el alcaide no imaginaba. Don Sebasti谩n ten铆a varios celulares en su celda. Y uno de ellos, el que usaba para hablar con el alcaide, guardaba todas las llamadas grabadas autom谩ticamente. El narco era desconfiado: grababa a todos, incluso a sus socios.
Policarpo necesitaba llegar a ese celular.
El muchacho de los mandados
Don Sebasti谩n ten铆a a su servicio a un preso joven, de diecinueve a帽os, llamado Yunior. Le limpiaba la celda, le cocinaba y le hac铆a los mandados.
Yunior estaba preso por robar un celular para comprarle medicinas a su madre. Y odiaba trabajar para el narco.
Una noche, Yunior le trajo a Policarpo un plato de comida a escondidas.
鈥擠on, yo s茅 que usted no hizo nada. Esa pistola es de don Sebasti谩n. Yo mismo la vi debajo de su colch贸n.
鈥擬ijo, 驴t煤 tienes acceso a sus celulares?
鈥擫os cargo todas las noches.
La memoria del celular
Policarpo le pas贸 a Yunior un cable diminuto y una memoria que hab铆a entrado escondida en el el谩stico de su ropa interior.
鈥擟onecta esto al celular negro, el que usa para hablar con el alcaide. D茅jalo diez minutos mientras se carga.
Yunior temblaba, pero lo hizo esa misma noche, mientras don Sebasti谩n dorm铆a.
A la ma帽ana siguiente, le devolvi贸 la memoria a Policarpo escondida en una arepa.
Las llamadas grabadas
En esa memoria hab铆a decenas de llamadas entre don Sebasti谩n y el alcaide Lizardo.
鈥擜lcaide, necesito que me entre otra pistola. La otra la tengo en el pasillo.
鈥擳ranquilo, don Sebasti谩n. Pero s煤bame la mensualidad. Y si hay requisa, ya tengo un preso para echarle la culpa.
Hab铆a llamadas sobre droga, sobre dinero y sobre un preso que hab铆a sido golpeado por no obedecer.
Policarpo escuch贸 todo con un peque帽o aud铆fono, sentado en su celda.
La amenaza final
Al d茅cimo d铆a, Lizardo lleg贸 con dos guardias y el papel.
鈥擲e acab贸, viejo. Ma帽ana vienen otra vez de la capital. O firmas esta noche, o te encuentran sin vida en tu celda. Y diremos que fue un pleito entre presos.
Le puso el bol铆grafo en la mano.
El agarre del preso
Policarpo solt贸 el bol铆grafo. Se levant贸 despacio y agarr贸 al alcaide por el cuello del traje de lino.
鈥擫os de la capital no vienen ma帽ana, Lizardo. Vienen ahora.
Los guardias se quedaron paralizados. Lizardo intent贸 soltarse.
鈥斅u茅ltame, viejo! 隆Guardias!
En ese momento, las sirenas sonaron en el port贸n. Por el pasillo llegaron fiscales, agentes de una unidad especial y oficiales de la direcci贸n de prisiones.
La identidad del preso
Fueron directo a la celda de lujo. Encontraron a don Sebasti谩n con sus celulares, su droga y otra pistola debajo del colch贸n.
Un agente se acerc贸 a Policarpo y se cuadr贸.
鈥擥eneral Vicente, el narcotraficante est谩 detenido.
Policarpo solt贸 al alcaide y le entreg贸 la memoria a un fiscal.
鈥擥eneral Policarpo Vicente, unidad especial de inteligencia penitenciaria. Lizardo, yo me dej茅 arrestar en ese colmado. Usted me eligi贸 como culpable. Y aqu铆, en el propio celular de su socio, est谩 su voz vendiendo esta c谩rcel.
Lizardo cay贸 de rodillas en el pasillo. Se le cayeron los anillos. Lloraba como un ni帽o.
鈥擥eneral… perd贸neme… yo no sab铆a qui茅n era usted…
鈥擴sted sab铆a muy bien lo que vend铆a, Lizardo.
Una nueva oportunidad para Yunior
Lizardo y don Sebasti谩n fueron procesados. La celda de lujo fue desmontada. Los presos recibieron colchones, ventiladores y mejor comida.
Yunior declar贸 como testigo. Por su colaboraci贸n y su buena conducta, un juez le concedi贸 la libertad condicional.
El d铆a que sali贸, el general Vicente lo esperaba en el port贸n.
鈥擬ijo, tu mam谩 te est谩 esperando.
Yunior llor贸 como un ni帽o y abraz贸 al general.
Porque los que venden la justicia creen que el dinero compra todo. Pero hay cosas que no se compran: el valor, la dignidad y la verdad.

