Historias

🚨 El capitán creyó que podía prestarle al recluta viejo con intereses de usura, pero cuando el veterano lo agarró por el cuello y sacó su rango, el que quedó endeudado fue él 😱

Bienvenido. Si llegaste desde Facebook, sabemos que quieres saber quién era en realidad el recluta Casimiro y cómo terminó el negocio del capitán Ortega. Aquí tienes la historia completa. El final te va a dar mucho gusto.

El pueblo de la montaña

San José de las Matas es un pueblo de montaña en la provincia Santiago, con un clima fresco, pinos y ríos limpios. Su gente es tranquila y trabajadora.

En el pueblo había un pequeño cuartel con veinticinco soldados jóvenes, casi todos de familias humildes de la zona.

El banco del capitán

El comandante del cuartel era el capitán Ramón Ortega. Un hombre de cuarenta y siete años, de pelo engominado, voz amable y una sonrisa que parecía sincera.

Ortega tenía un «favor» para sus soldados. Cuando alguno necesitaba dinero para una emergencia, él le prestaba.

—Para eso estamos los hermanos de armas —decía.

Lo que no decía era el precio.

La trampa del préstamo

El interés era del treinta por ciento al mes. Y como garantía, el capitán se quedaba con la tarjeta de débito donde cada soldado recibía su sueldo.

Cada quincena, Ortega sacaba el sueldo completo de la tarjeta. Le daba al soldado una parte pequeña «para sus gastos» y se quedaba con el resto para «pagar la deuda».

Pero la deuda nunca bajaba. Al contrario, crecía.

El soldado sin sueldo

Wander tenía veintitrés años. Su madre enfermó y él le pidió veinte mil pesos al capitán para las medicinas.

Un año después, debía doscientos mil. No había visto su sueldo completo en doce meses. Su mujer y su bebé vivían de lo que ella ganaba lavando ropa ajena.

—Capitán, ¿cuándo voy a terminar de pagar?

—Cuando pagues, mijo. Así de fácil.

El recluta de canas

Unas semanas después, llegó al cuartel un recluta nuevo. Tenía sesenta y dos años, el pelo blanco, la espalda recta y unos ojos que parecían saberlo todo.

Se llamaba Casimiro Reyes.

—Recluta Reyes, reservista, a la orden, mi capitán.

Ortega le sonrió con su sonrisa amable.

—Bienvenido, abuelo. Aquí vas a barrer, cocinar y limpiar los baños. Pero si alguna vez necesitas dinero, aquí está tu capitán para ayudarte.

Los soldados se miraron entre ellos en silencio. Casimiro lo notó.

Barriendo y escuchando

Casimiro barría el cuartel, cocinaba y limpiaba los baños. El capitán lo trataba con una amabilidad falsa, pero cuando nadie lo veía, lo humillaba.

—¡Reyes! ¡Este piso está sucio! ¡Los viejos ya no sirven ni para barrer!

Y le pisaba el piso recién trapeado con sus zapatos llenos de lodo.

Casimiro volvía a trapear. Pero mientras cocinaba, los soldados se sentaban en la cocina y le hablaban. Le contaron todo.

—Don, ninguno de nosotros tiene su tarjeta. El capitán las tiene todas.

La gaveta de las tarjetas

Una tarde, mientras limpiaba la oficina del capitán, Casimiro abrió la gaveta del escritorio. Adentro había veinticinco tarjetas de débito, sujetas con una liga. Cada una con el nombre de un soldado.

También había una libreta. En ella, Ortega anotaba los préstamos, los intereses y cuánto sacaba cada quincena.

Casimiro fotografió cada página con un celular pequeño que guardaba en el bolsillo del delantal.

Las cuentas eran escandalosas. En un año, el capitán había sacado más de dos millones de pesos de los sueldos de sus soldados.

El préstamo del viejo

Casimiro decidió probar al capitán. Fue a su oficina con cara de preocupado.

—Capitán, necesito diez mil pesos. Mi esposa está enferma.

Ortega sonrió y abrió la gaveta.

—Claro, abuelo. Aquí tienes. Pero déjame tu tarjeta. Es la garantía. Y el interés es del treinta por ciento al mes. Así funciona con todos.

—¿Con todos, capitán?

—Con todos. Veinticinco muchachos. Y nunca terminan de pagar, porque el interés crece más rápido que el sueldo. ¿Tú crees que yo me compré esa yipeta con mi sueldo? —se rió—. El mayor de Santiago sabe y también come de esto.

Casimiro le entregó una tarjeta. En el bolsillo de su camisa, el celular grababa todo.

El soldado que no aguantó más

Al día siguiente, Wander entró a la oficina del capitán con lágrimas en los ojos.

—Capitán, devuélvame mi tarjeta. Mi bebé está enfermo y no tengo para la leche.

—Primero paga lo que debes.

—¡Ya le he pagado más de lo que le pedí!

Ortega se levantó y le dio una bofetada.

—¡A mí no me levantas la voz!

El agarre del veterano

Casimiro, que barría en el pasillo, soltó la escoba. Entró a la oficina y agarró a Ortega por el cuello de la camisa con una mano firme.

—Usted no vuelve a tocar a ese muchacho. Y le va a devolver su tarjeta. Ahora.

Ortega intentó soltarse, furioso. Su sonrisa amable había desaparecido.

—¡Suéltame, viejo! ¡Te voy a meter preso!

—Usted ya no mete preso a nadie, Ortega.

En ese momento, varias camionetas militares y de la fiscalía entraron al patio del cuartel.

El rango del recluta

Un general entró a la oficina y se cuadró frente a Casimiro.

—Mi general.

Casimiro soltó al capitán. Sacó de su bolsillo una insignia con estrellas doradas.

—General de brigada Casimiro Reyes, inspectoría general. Capitán Ortega, usted me prestó diez mil pesos al treinta por ciento. La tarjeta que le di no tiene un centavo. Pero su libreta, sus tarjetas y su confesión valen mucho.

Ortega cayó de rodillas junto a su escritorio. Lloraba como un niño.

—Mi general… perdóneme… yo no sabía quién era usted…

—Wander tampoco sabía cuándo iba a volver a ver su sueldo, Ortega.

Cada uno con su sueldo

Ortega y el mayor de Santiago fueron procesados por usura, extorsión y abuso de autoridad. Todas las deudas fueron anuladas.

El general Casimiro devolvió personalmente las veinticinco tarjetas a sus dueños. Además, cada soldado recibió la devolución de todo lo que le habían sacado de más.

Wander llegó a su casa con su sueldo completo y un paquete de leche para su bebé. Su mujer lloró de alegría.

Porque los que se aprovechan de la necesidad ajena creen que la deuda es una cadena eterna. Pero la justicia sabe romper cualquier cadena.

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