馃毃 El capit谩n crey贸 que pod铆a humillar al recluta viejo frente a todo el mercado, pero cuando el veterano lo agarr贸 por el cuello y mostr贸 su rango, se ech贸 a llorar 馃槺
Bienvenido, amigo. Si llegaste desde Facebook, sabemos que quieres saber qui茅n era en realidad el recluta Ram贸n y qu茅 pas贸 cuando por fin perdi贸 la paciencia. Aqu铆 tienes la historia completa. El final te va a hacer aplaudir.
El puente de los dos mundos
Los lunes y viernes, el puente de Dajab贸n se llena de gente. Mujeres con sacos de ropa, carretillas de arroz, cajas de huevos y canastas de aguacates. Es el mercado binacional, donde miles de familias se ganan el pan.
Para muchas vendedoras, un d铆a de mercado es la diferencia entre comer o no comer esa semana.
El capit谩n del peaje
El puesto militar junto al mercado lo comandaba el capit谩n Leonidas Ovalles. Un hombre de cuarenta y seis a帽os, de lentes de espejo, botas brillantes y una sonrisa que daba miedo.
Ovalles hab铆a inventado un 芦peaje禄. Cada vendedora que quer铆a entrar con su mercanc铆a ten铆a que pagarle doscientos pesos. Las que no pagaban, perd铆an sus sacos.
鈥擡s para la seguridad del mercado 鈥攄ec铆a, guardando los billetes en su chaleco.
Do帽a Clotilde y sus huevos
Do帽a Clotilde ten铆a sesenta y ocho a帽os y vend铆a huevos en el mercado desde hac铆a treinta.
Un viernes no ten铆a los doscientos pesos. Le pidi贸 al capit谩n que la dejara pasar y le pagaba al final del d铆a.
Ovalles agarr贸 la caja de huevos y la volte贸 en el suelo.
鈥擜qu铆 no se f铆a, vieja.
Do帽a Clotilde se arrodill贸 sobre los huevos rotos y llor贸. Nadie se atrevi贸 a ayudarla.
El recluta de las canas
Unas semanas despu茅s lleg贸 al puesto un recluta que llamaba la atenci贸n por su edad. Ten铆a sesenta a帽os, el pelo blanco, la espalda recta y unas manos grandes y curtidas.
鈥擱ecluta Ram贸n Gil, reservista reincorporado, a la orden, mi capit谩n.
Ovalles solt贸 una carcajada.
鈥斅縍eservista? 隆Esto parece un asilo! 驴Qu茅 te pas贸, viejo, te botaron de la casa? Aqu铆 vas a cargar sacos y barrer el puente. Y cuidado con caerte, que no tenemos ambulancia.
Los soldados j贸venes se rieron. Ram贸n se acomod贸 la placa de identificaci贸n que llevaba al cuello y asinti贸.
Sacos y escoba
Ram贸n cargaba los sacos decomisados al almac茅n del puesto. Barr铆a el puente lleno de c谩scaras y papeles. Lavaba la camioneta del capit谩n.
Ovalles se divert铆a humill谩ndolo delante de las vendedoras.
鈥斅il! 隆Barres como una tortuga coja! 隆Mi abuela barre mejor y est谩 muerta!
Y le tiraba la colilla del cigarro a los pies.
Ram贸n recog铆a la colilla y segu铆a barriendo. Las vendedoras lo miraban con l谩stima. Pero 茅l les sonre铆a.
La placa del cuello
Como todos los soldados, Ram贸n llevaba al cuello una placa de identificaci贸n de metal, con su nombre y su tipo de sangre.
Pero la suya era un poco m谩s gruesa que las dem谩s. Dentro, entre las dos l谩minas de metal, hab铆a un micr贸fono diminuto y una memoria.
Cada vez que el capit谩n cobraba un peaje, Ram贸n estaba cerca. Barriendo, cargando, siempre cerca.
Las vendedoras hablan
Por las tardes, cuando el mercado cerraba, Ram贸n ayudaba a las vendedoras a recoger sus cosas. Les cargaba los sacos hasta las guaguas.
Ellas, poco a poco, le contaron todo. Cu谩nto pagaban. Desde cu谩ndo. Lo que les hab铆a pasado a las que se negaban.
Do帽a Clotilde fue la que m谩s habl贸.
鈥擬ijo, ese hombre me ha quitado m谩s de cien mil pesos en todos estos a帽os. Y nunca nadie le ha dicho nada.
鈥擠o帽a, ya alguien le va a decir algo. Se lo prometo.
El almac茅n del puesto
Una noche, el capit谩n mand贸 a Ram贸n a ordenar el almac茅n. All铆 estaban los sacos 芦decomisados禄: ropa, arroz, zapatos, aceite.
Ram贸n not贸 que cada semana el almac茅n se vaciaba. Una noche se qued贸 escondido y vio llegar un cami贸n. Ovalles vend铆a la mercanc铆a decomisada a un comerciante de Santiago.
Ram贸n anot贸 la placa del cami贸n en un papelito que guard贸 en la bota.
La confesi贸n del capit谩n
Una noche de viernes, Ovalles estaba contando el dinero del peaje en su oficina. Hab铆a bebido. Llam贸 a Ram贸n para que le llevara hielo.
鈥擬ira, viejo, para que aprendas algo antes de morirte. Este puesto me deja medio mill贸n al mes. Entre el peaje y la mercanc铆a que vendo. Al coronel de la provincia le mando su parte el d铆a primero. Y nadie me toca.
鈥斅縔 las vendedoras, mi capit谩n?
鈥擫as vendedoras son como gallinas. Uno las despluma y vuelven a echar plumas.
Se ri贸 a carcajadas. La placa en el cuello de Ram贸n grababa cada palabra.
La gota que derram贸 el vaso
El lunes siguiente, do帽a Clotilde lleg贸 al mercado con una caja de huevos. Tampoco ten铆a para el peaje.
Ovalles levant贸 la mano para voltearle la caja otra vez.
Pero esta vez, una mano grande y firme lo agarr贸 por el cuello del uniforme.
Era Ram贸n.
El mercado entero se qued贸 en silencio.
El veterano no suelta
Ovalles intent贸 zafarse. No pudo. Ram贸n lo sosten铆a con una fuerza que no parec铆a de un hombre de sesenta a帽os.
鈥斅u茅ltame, viejo loco! 隆Te voy a meter preso por agredir a un superior!
Ram贸n lo mir贸 a los ojos sin soltarlo.
鈥斅縎uperior? Usted no es superior a nadie, Ovalles. Y menos a esta se帽ora.
En ese momento, varias camionetas militares y de la fiscal铆a cruzaron la entrada del mercado. Al mismo tiempo, en Santiago, deten铆an el cami贸n del comerciante con la mercanc铆a robada.
El rango del recluta viejo
Ram贸n solt贸 al capit谩n. Un general baj贸 de la primera camioneta y se cuadr贸 frente al recluta de canas.
鈥擬i general.
Ram贸n se quit贸 la placa del cuello y se la entreg贸 a un fiscal. Luego sac贸 de su bolsillo una insignia con dos estrellas doradas.
鈥擥eneral de divisi贸n Ram贸n Gil, inspector general de las fuerzas armadas. Capit谩n Ovalles, usted me puso a barrer el puente mientras le robaba a estas mujeres. Aqu铆, en esta placa, est谩 su confesi贸n completa.
Ovalles se qued贸 sin aire. Se le doblaron las rodillas y cay贸 al suelo, entre los huevos de do帽a Clotilde.
Lloraba como un ni帽o.
鈥擬i general… perd贸neme… yo no sab铆a qui茅n era usted…
鈥擡se es su problema, Ovalles. Usted solo respeta a los que cree poderosos.
Un mercado sin miedo
Ovalles, el coronel de la provincia y el comerciante de Santiago fueron procesados por extorsi贸n, robo y abuso de autoridad.
El peaje desapareci贸 para siempre. La mercanc铆a recuperada fue devuelta a sus due帽as.
Do帽a Clotilde recibi贸 el dinero que le hab铆an quitado durante a帽os. El primer d铆a de mercado, le regal贸 al general una docena de huevos.
鈥擬i general, estos son los mejores de mi gallinero.
鈥擠o帽a, me los voy a comer con mucho orgullo.
Porque los que abusan de los humildes creen que los a帽os debilitan a la gente. Pero a veces, el viejo al que humillas es el que tiene la fuerza para ponerte en tu lugar.

