🚨 El director creyó que el fumigador obedecería sin preguntar y rociaría el veneno con los niños adentro, pero el fumigador era el hermano de la niña de la mariquita y se negó a apretar el gatillo 😱
Si llegaste desde Facebook, quédate. Esta historia trata de bichos, de veneno y de un hombre que supo distinguir entre las plagas de verdad y las que se visten de traje.
Una mariquita de juguete, una orden peligrosa y un fumigador que dijo que no. Te lo cuento todo.
La casita del callejón de los almácigos
En Navarrete, en Villa Bisonó, en una casita de bloques con un patio de tierra y almácigos de tabaco, vivían Don Liberato y Doña Pura.
Don Liberato había sembrado tabaco toda su vida. Ahora, con ochenta y un años, cuidaba unos pocos almácigos en el patio.
Doña Pura cosía cortinas y fundas de almohada por encargo.
Con ellos vivía Darling, su nieta de seis años. La madre de la niña murió de una infección después de un parto, y el padre estaba lejos y nunca llamaba.
Darling le tenía miedo a los bichos. Cucarachas, arañas, ratones. Gritaba cada vez que veía uno.
El hermano mayor de Darling se llamaba Edison. Tenía treinta y un años y era técnico fumigador. Trabajaba para una empresa de control de plagas, fumigando casas, negocios, escuelas y almacenes.
Para quitarle el miedo a su hermanita, Edison le regaló una mariquita de plástico, roja con puntos negros, del tamaño de una moneda.
—Las mariquitas se comen los bichos malos —le dijo—. Si tienes esta contigo, ningún bicho te va a molestar.
Darling dormía con la mariquita debajo de la almohada.
La periodista de la casa con plagas
Un día llegó a Navarrete una periodista de un canal de Santiago. Se llamaba Yuberkis Santos y hacía reportajes sobre «viviendas insalubres».
Llegó a la casita de los almácigos.
—Me dicen que aquí hay plagas —dijo, mirando el piso de tierra con asco.
—En todas las casas del campo hay algún bicho, señora —respondió Doña Pura—. Pero mi nieto fumiga cada mes.
Yuberkis grabó una cucaracha en la pared de la cocina, las grietas del piso, la letrina del patio. Grabó a Darling descalza.
El reportaje se llamó: «Niña de seis años vive entre ratas y cucarachas: sus abuelos no pueden darle una vida digna».
—¿Ratas? —dijo Don Liberato—. Aquí no hay ni una rata. Mi nieto es fumigador.
El director del maletín negro
Tres días después llegó una camioneta del Hogar Infantil Nido Limpio. Bajó el director, el licenciado Federico Nina, con un maletín negro y zapatos lustrados.
Lo acompañaba el cabo Montero.
—Vamos a llevar a esta niña a un lugar limpio y seguro —dijo el director.
—Aquí está limpio —respondió Doña Pura.
El cabo tomó a Darling del brazo. La niña metió la mano debajo de la almohada y agarró su mariquita.
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Llamen a Edison!
Don Liberato se levantó, pero el cabo lo apartó de un empujón.
Se llevaron a la niña.
Un fumigador sin veneno para la rabia
Edison estaba fumigando un almacén cuando su abuela lo llamó. Se quitó la mascarilla y salió corriendo.
Encontró a su abuelo sentado en el piso y a su abuela con una funda de almohada a medio coser en las manos.
—Dijeron que vivía entre ratas —dijo Doña Pura—. Con lo que tú cuidas esta casa.
Edison fue al Hogar Nido Limpio. No lo dejaron pasar. Fue a la fiscalía. Le dijeron que esperara. Fue al destacamento. El cabo Montero le dijo que se dedicara a matar cucarachas.
Pasaron tres meses.
Esos tres meses, Edison siguió fumigando casas y negocios. Pero cada vez que entraba a un cuarto de niños, se le apretaba el pecho.
Una noche, su abuela lo esperó despierta con una taza de café.
—Mijo, tú que matas bichos todos los días, ¿sabes cuál es el bicho más difícil de matar?
—La cucaracha, abuela. Aguanta de todo.
—No —dijo Doña Pura—. El más difícil es el que se esconde. El que sale de noche, cuando nadie mira. Ese es el que hace más daño.
Edison se quedó pensando.
—¿Y cómo se mata ese?
—Con luz, mijo. Prendes la luz y salen corriendo. Las cucarachas no aguantan que las vean.
La anciana le acarició la cabeza.
—Esa gente que se llevó a tu hermana es igual. Se esconden. Pero algún día alguien va a prender la luz. Y ojalá seas tú.
Edison se tomó el café en silencio. Esa frase se le quedó en la cabeza como el olor del veneno en la ropa.
Un servicio urgente
Un jueves, la empresa de fumigación recibió una solicitud.
«Hogar Infantil Nido Limpio. Fumigación completa contra chinches, cucarachas y roedores. Urgente: antes del lunes, por visita de donantes».
El supervisor se la asignó a Edison.
Edison se quedó mirando la orden un largo rato. Luego tomó su equipo y salió.
Las instrucciones del director
El director Federico Nina lo recibió en la puerta. No lo reconoció. Para él, era el fumigador de la empresa, con su overol, su mascarilla y su tanque en la espalda.
—Necesito que fumigue todo —dijo el director—. Pero empiece por la sala de visitas, la oficina y el comedor. Eso es lo que van a ver los donantes.
—¿Y los dormitorios?
—Los dormitorios también. Pero esos los fumiga hoy mismo, de una vez.
—Licenciado, para fumigar los dormitorios hay que sacar a los niños. Por lo menos seis horas. El producto es tóxico.
El director hizo un gesto de fastidio.
—No tengo dónde ponerlos. Fumigue con ellos adentro. Les cierra la puerta y listo. Total, son niños, no se van a morir.
Edison sintió que la sangre le hervía.
—Licenciado, eso no lo puedo hacer. Es peligroso. Puede intoxicarlos.
—Usted haga su trabajo, que yo le pago.
La mariquita en el piso
Edison caminó por el pasillo hacia los dormitorios. Las puertas estaban cerradas.
Abrió la primera.
Adentro había doce niños sentados en colchones en el piso. Los colchones estaban llenos de manchas. Las paredes, de chinches. Varios niños tenían picaduras en los brazos y las piernas.
En el suelo, cerca de la puerta, había algo rojo con puntos negros.
Edison se agachó.
Era una mariquita de plástico.
Levantó la vista. En el fondo del cuarto, abrazada a sus rodillas, con los brazos llenos de picaduras, había una niña pequeña.
Era Darling.
La niña lo vio con la mascarilla y el tanque, y se asustó. Edison se bajó la mascarilla un segundo.
—¿Edison?
—Shh. Aquí estoy, mi amor.
—Aquí hay muchos bichos. La mariquita no puede con todos.
Edison le puso la mariquita en la mano.
—Ahora vine yo a ayudarla.
Lo que se dice en la oficina
Edison cerró la puerta del dormitorio. No fumigó nada.
Volvió por el pasillo. La puerta de la oficina del director estaba entreabierta. El director hablaba por teléfono.
—Sí, cabo. El fumigador ya está aquí. Va a fumigar todo hoy, con los niños adentro, para que el lunes esté todo limpio para los donantes.
Pausa.
—¿Peligroso? Un poco de dolor de cabeza, nada más. Ya les pasó la otra vez y nadie se murió.
Pausa.
—Las chinches son por los colchones viejos. Los donantes mandaron dinero para colchones nuevos, pero lo usé para otra cosa. Tú sabes.
Pausa.
—Yuberkis quiere otro reportaje. Dice que busque familias pobres en Esperanza. Que los reportajes de plagas venden muy bien.
Edison tenía el celular en el bolsillo del overol, grabando.
Edison entró a la oficina.
—Licenciado, no voy a fumigar con los niños adentro.
El director lo miró con rabia.
—¿Cómo que no? Le pagué.
—Le devuelvo el dinero. Pero no voy a envenenar a doce niños.
—Entonces llamo a otro fumigador.
—Llame a quien quiera. Pero yo me voy a llevar las fotos.
—¿Qué fotos?
Edison no respondió. Salió del hogar con el tanque en la espalda.
Afuera, sacó el celular. Había tomado fotos de todo: los colchones llenos de chinches, las picaduras en los brazos de los niños, las paredes, los dormitorios sin ventilación.
La empresa que respaldó
Edison fue directo a la oficina de su empresa. Habló con su jefe, el ingeniero Salcedo.
Le contó todo. Le mostró las fotos y la grabación.
El ingeniero se quitó los lentes.
—Edison, hiciste lo correcto. Fumigar con niños adentro es una violación grave de todas las normas. Y por lo que veo, ya lo han hecho antes.
—¿Usted puede certificar eso?
—Te voy a dar una certificación técnica de lo que viste. Y una copia de la orden de servicio, donde dice que el director pidió fumigar los dormitorios ese mismo día. Además, revisé el historial: hace seis meses, otra empresa fumigó ese hogar. Te voy a conseguir su reporte.
El reporte de la otra empresa llegó esa misma tarde. Decía: «Fumigación de dormitorios con ocupantes. Por insistencia del cliente. Cliente firmó deslinde de responsabilidad».
Firmado: «F. Nina».
Y una enfermera del dispensario del pueblo confirmó que, hacía seis meses, varios niños del hogar habían llegado con mareos, vómitos e irritación en los ojos. Todos el mismo día.
Irrumpir en la comandancia
Esa misma tarde, Edison fue a la comandancia regional de la policía en Santiago. No al destacamento del cabo Montero.
Iba con el overol de fumigador, la mascarilla colgada del cuello y el tanque vacío en la espalda.
Lo acompañaban el ingeniero Salcedo y la enfermera del dispensario.
Llevaba las fotos, la grabación, la orden de servicio, el reporte de la otra empresa y la mariquita de plástico.
En la recepción le dijeron que esperara.
Edison no esperó. Caminó hasta la oficina del comandante y abrió la puerta.
—Coronel, perdóneme. Soy fumigador. Hoy un director de hogar en Navarrete me ordenó fumigar con veneno los dormitorios con doce niños adentro. Ya lo hicieron antes y los niños se intoxicaron. Duermen en colchones llenos de chinches porque el director se quedó con el dinero de los colchones nuevos. Un cabo de ustedes lo sabe. Y mi hermanita de seis años está en ese cuarto.
El coronel Alvarado levantó la vista.
—¿Con los niños adentro?
—Así lo dijo, coronel. «Son niños, no se van a morir».
Edison puso la grabación. El coronel la escuchó.
El ingeniero puso el reporte de la otra empresa. «Fumigación de dormitorios con ocupantes. Por insistencia del cliente».
La enfermera puso el registro del dispensario. Niños con mareos, vómitos e irritación en los ojos. Todos el mismo día.
Edison puso la mariquita sobre el escritorio.
—Mi hermana dormía con esta mariquita para no tener miedo a los bichos. Hoy la encontré en el piso de ese cuarto. Con los brazos llenos de picaduras.
El coronel tomó el teléfono.
Antes de que llegara otro fumigador
Esa noche, antes de que el director pudiera llamar a otro fumigador, la fiscalía y la policía regional llegaron al Hogar Nido Limpio.
Los peritos de salud pública fotografiaron los colchones, las chinches, las picaduras. Encontraron latas de veneno en el almacén. Y en la oficina del director, facturas de colchones que nunca se compraron.
Había veinticinco niños. Casi todos con picaduras. Varios con infecciones en la piel.
El director Federico Nina fue arrestado en su casa. El cabo Montero fue detenido por asuntos internos. Yuberkis Santos fue arrestada en Santiago, mientras preparaba su viaje a Esperanza.
La mariquita y los bichos malos
Edison esperaba en el patio. Darling salió corriendo, con la mariquita en la mano y los brazos llenos de picaduras.
—¡Edison! ¡La mariquita te llamó!
—Me llamó, mi amor. Y vine con todo el equipo.
—¿Ya se fueron los bichos malos?
Edison miró hacia la patrulla donde iba el director.
—Los más malos, sí. Ya se fueron.
La abrazó con cuidado, para no lastimarle las picaduras.
El patio de los almácigos
Esa tarde, Edison llevó a Darling a la casita de los almácigos.
Don Liberato estaba regando las plantas. Doña Pura, cosiendo.
—¡Abuelo! ¡Abuela! ¡Edison me salvó de los bichos!
Doña Pura soltó la tela. Don Liberato dejó caer la regadera.
Se abrazaron los cuatro en el patio.
Esa noche, Doña Pura le curó las picaduras con sábila. Y Darling se durmió con la mariquita debajo de la almohada.
Las plagas de verdad
Meses después, el director, el cabo y la periodista fueron condenados por puesta en peligro de la vida de menores, maltrato infantil, malversación de donaciones y difamación.
Los veinticinco niños fueron atendidos. Muchos regresaron con sus familias.
La empresa de fumigación le dio a Edison un reconocimiento. Y una nueva regla: nunca se fumiga un lugar donde haya niños sin sacarlos primero. Nunca.
Edison sigue fumigando. Y cada vez que entra a una casa con niños, les regala una mariquita de plástico.
—Para que sepan —les dice— que hay bichos malos, sí. Pero también hay quien los combate.
Porque hay plagas que se matan con veneno. Y hay otras que se visten de traje y solo se van con la verdad.
Y la verdad, como una mariquita, es pequeña. Pero acaba con lo que hace daño.

