🚨 El director creyó que inscribir a los niños del hogar en un torneo de voleibol le traería dinero fácil en Jimaní, pero la entrenadora del torneo era la hermana de una de las niñas y el chequeo médico lo destapó todo 😱
Si llegaste desde Facebook, prepárate. Esta historia se juega en una cancha, pero lo que estaba en juego era mucho más que un trofeo.
Un llavero de voleibol, un chequeo médico y una entrenadora que no se dejó ganar. Te lo cuento todo.
La casita del lago
En Jimaní, cerca del lago Enriquillo, en una casita de bloques con techo de zinc, vivían Don Leopoldo y Doña Carmen.
Don Leopoldo había sido pescador en el lago y luego jornalero en los plátanos. Ahora, con ochenta años, vendía cocos frente a la casa.
Doña Carmen hacía dulce de coco y lo vendía en la escuela.
Con ellos vivía Lianny, su nieta de nueve años. La madre de la niña murió en un accidente en la carretera de la frontera, y el padre se fue y nunca regresó.
Lianny era alta para su edad, rápida y fuerte. Le encantaba saltar.
La hermana mayor de Lianny se llamaba Arelis. Tenía treinta años y era profesora de educación física en una escuela pública. También entrenaba al equipo de voleibol femenino de la provincia.
Arelis le enseñó a Lianny a sacar, a recibir y a rematar. La niña tenía talento.
Para su cumpleaños, le regaló un llavero con una pelotita de voleibol de goma, blanca, amarilla y azul, que Lianny se colgó del zapato.
—Así, cada vez que saltes, te acuerdas de que puedes llegar alto —le dijo Arelis.
Un periodista en la orilla del lago
Un día llegó a Jimaní un periodista de la capital. Se llamaba Ricardo Montes de Oca y hacía un especial sobre «la frontera olvidada».
Llegó a la casita del lago.
—¿La niña vive con ustedes? ¿Y quién la mantiene?
—Nosotros, con lo que vendemos —respondió Doña Carmen—. Y su hermana nos ayuda.
Ricardo grabó la casa de zinc, el piso de tierra, los cocos amontonados. Grabó a Lianny descalza en la orilla del lago, sola.
El reportaje se llamó: «Niña de la frontera sobrevive vendiendo cocos: abuelos sin recursos la dejan sola».
—¿Sola? Yo estaba ahí mismo —dijo Don Leopoldo—. La estaba mirando desde la mata.
El director de la gorra deportiva
Una semana después llegó una camioneta del Hogar Infantil Nuevo Amanecer del Sur. Bajó el director, el licenciado Severino Pimentel, con una gorra deportiva y una camiseta del hogar.
Lo acompañaba el sargento Moquete.
—Vamos a darle a esta niña educación, deporte y una vida digna —dijo el director.
—Ella ya tiene todo eso —respondió Doña Carmen.
El sargento tomó a Lianny del brazo. La niña, que era fuerte, se soltó y corrió. Pero el sargento la alcanzó en la orilla del lago.
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Llamen a Arelis!
Don Leopoldo intentó correr detrás y se cayó entre los cocos.
La camioneta se fue. En la orilla quedó una huella pequeña de zapato, con la marca de un llavero arrastrado.
Una entrenadora sin cancha
Arelis estaba dando clases de educación física cuando su abuela la llamó. Dejó a los estudiantes con otro profesor y salió corriendo.
Encontró a su abuelo con la rodilla raspada y a su abuela sentada en la galería, con el dulce de coco sin terminar.
—Dijeron que la dejábamos sola —dijo Doña Carmen—. Con lo pegada que es a nosotros.
Arelis fue al Hogar Nuevo Amanecer del Sur. No la dejaron pasar. Fue a la fiscalía. Le dijeron que esperara. Fue al destacamento. El sargento Moquete le dijo que se dedicara a sus pelotas.
Pasaron tres meses.
Esos tres meses fueron los más largos en la vida de Arelis.
Seguía dando clases, seguía entrenando al equipo provincial. Pero cada vez que una niña de nueve años saltaba en la cancha, se le apretaba el pecho.
Una tarde, después del entrenamiento, se quedó sola en el polideportivo vacío. Tomó una pelota y empezó a sacar contra la pared, una y otra vez, con rabia.
Don Leopoldo apareció en la puerta. Había llegado en un motoconcho, con su bastón.
—Mija, tu abuela me mandó a buscarte. Dice que no has comido en todo el día.
—No tengo hambre, abuelo.
El viejo se sentó en las gradas.
—¿Sabes qué decía mi papá cuando yo perdía un pescado grande en el lago? «El pescado que se suelta no se va lejos. Vuelve a pasar por el mismo lugar. Solo hay que tener la red lista».
Arelis dejó la pelota.
—¿Y si no vuelve a pasar?
—Siempre vuelve, mija. El lago es grande, pero no infinito. Y tú conoces cada rincón de esta provincia. Ten la red lista.
Arelis se sentó al lado de su abuelo en las gradas. Por primera vez en semanas, se permitió llorar.
Luego se secó la cara, recogió las pelotas y se fue a comer. Tenía que estar fuerte. La red tenía que estar lista.
Un equipo inscrito a última hora
Llegó el torneo provincial infantil de voleibol. Arelis era la coordinadora técnica: revisaba las inscripciones, organizaba los partidos y supervisaba el chequeo médico obligatorio de todas las jugadoras.
El último día de inscripciones, llegó una solicitud: «Equipo infantil femenino – Hogar Nuevo Amanecer del Sur».
Arelis leyó la lista de jugadoras con las manos temblando.
La número siete era Lianny.
Junto a la inscripción venía una solicitud de beca deportiva. El hogar pedía un aporte del programa provincial de deportes para «alimentación especial, uniformes, transporte y entrenamiento de las atletas». Doscientos mil pesos.
Firmado por el licenciado Severino Pimentel.
El llavero en la cancha
El día del primer partido, el equipo del hogar entró a la cancha.
Eran diez niñas, con uniformes nuevos que todavía tenían las etiquetas. Flacas. Pálidas. Algunas con las rodillas raspadas.
Arelis las vio desde la mesa técnica.
La número siete era más alta que las demás. Caminaba con la cabeza baja.
En el zapato derecho llevaba colgado un llavero con una pelotita de voleibol, blanca, amarilla y azul.
Lianny levantó la vista. Vio a su hermana en la mesa técnica. Se quedó congelada.
Arelis se llevó la mano al pecho, a la altura del corazón. Era la señal que usaban en los entrenamientos: «Tranquila. Confía».
Lianny tocó su llavero. Respuesta: «Entendido».
El partido que no pudieron jugar
El equipo del hogar perdió el primer set veinticinco a tres.
Las niñas no podían saltar. No tenían fuerza para recibir. Dos se sentaron en el piso, mareadas.
En el segundo set, la número cuatro se desmayó en medio de la cancha.
El médico del torneo, el doctor Ramírez, entró corriendo. Arelis entró con él.
—Esta niña tiene la glucosa muy baja —dijo el médico—. ¿Desayunó?
La niña negó con la cabeza.
—¿Cenó anoche?
Volvió a negar.
El director Severino Pimentel bajó de las gradas.
—Es que está nerviosa. No le pasa nada. Que siga jugando.
El médico lo miró por encima de los lentes.
—Señor, por reglamento, ninguna niña sigue jugando hasta que yo haga el chequeo médico completo de todo el equipo.
Lo que mostró el chequeo
En el consultorio del polideportivo, el doctor Ramírez examinó a las diez niñas una por una. Arelis anotaba los datos, como coordinadora.
Peso por debajo de lo normal en las diez. Anemia visible en siete. Moretones en las piernas de tres. Ninguna había desayunado.
Cuando le tocó a Lianny, la niña se sentó en la camilla sin decir nada.
El médico le tomó el peso.
—Nueve años y pesa lo que una niña de seis.
Arelis tuvo que salir un momento del consultorio para respirar.
Cuando volvió, Lianny le habló en voz bajita, mientras el médico escribía:
—Arelis, nos dan una comida al día. Nos ponen a limpiar la casa del director y su ferretería. Nunca hemos entrenado. Nos dieron los uniformes ayer.
El médico escuchó todo. Dejó de escribir.
Detrás de la puerta del vestuario
Mientras las niñas estaban en el consultorio, Arelis fue al vestuario a buscar unas toallas. La puerta del cuarto de los entrenadores estaba entreabierta.
Adentro hablaban el director Severino Pimentel y el sargento Moquete.
—El médico está haciendo preguntas —decía el sargento.
—Que pregunte. Lo importante es que el equipo jugó. Con eso la beca se aprueba. Doscientos mil pesos. Y el año que viene pido más.
—¿Y las niñas?
—Mañana vuelven a limpiar la ferretería. Para eso las tengo.
—¿Y lo del periodista?
—Ricardo ya cobró por el reportaje de la niña del lago. Esa es la más alta. Si engorda un poquito, hasta gana partidos el año que viene.
Ambos se rieron.
Arelis tenía el celular en el bolsillo del pantalón deportivo, grabando desde que escuchó la primera palabra.
Irrumpir en la comandancia
Esa misma tarde, Arelis fue a la comandancia regional de la policía en Barahona. No al destacamento del sargento Moquete.
La acompañaba el doctor Ramírez, con los informes médicos firmados de las diez niñas.
Llevaba también la solicitud de beca firmada por el director, la grabación del vestuario y una foto del llavero de voleibol en el zapato de su hermana.
En la recepción les dijeron que esperaran.
Arelis no esperó. Caminó hasta la oficina del comandante y entró con su silbato de entrenadora todavía colgado del cuello.
—Coronel, perdóneme. Soy entrenadora del torneo provincial. Hoy un hogar inscribió un equipo de diez niñas para cobrar una beca deportiva de doscientos mil pesos. Las niñas comen una vez al día, nunca han entrenado y las ponen a limpiar la ferretería del director. Una se desmayó en la cancha. Un sargento de ustedes lo sabe. Y una de esas niñas es mi hermana.
El coronel Contreras levantó la vista.
—¿Tiene pruebas?
—Las firmó el médico del torneo, coronel —dijo el doctor Ramírez, poniendo los informes sobre el escritorio—. Diez niñas con desnutrición. Siete con anemia. Tres con moretones.
Arelis puso la solicitud de beca. «Alimentación especial de las atletas: ochenta mil pesos».
Luego puso la grabación. «Mañana vuelven a limpiar la ferretería. Para eso las tengo».
El coronel tomó el teléfono.
—Fiscalía. Y una unidad. Hoy.
La ferretería cerrada
Esa noche, la fiscalía y la policía regional allanaron el Hogar Nuevo Amanecer del Sur y la ferretería del director.
En el hogar encontraron veintitrés niños, todos con signos de desnutrición. En la ferretería, un cuarto en el fondo con escobas, trapos y cubetas, y un cuaderno con los «turnos de limpieza» de cada niño.
El director Severino Pimentel fue arrestado en su casa, con la solicitud de beca impresa sobre la mesa. El sargento Moquete fue detenido por asuntos internos.
Ricardo Montes de Oca fue arrestado en la capital, en el canal, mientras editaba el siguiente capítulo de «La frontera olvidada».
Un salto más alto
Arelis esperaba en el polideportivo, donde habían llevado a las niñas para que las atendieran y les dieran de comer.
Lianny se comió dos platos de arroz con habichuelas y pollo. Luego se levantó y corrió hacia su hermana.
—¡Arelis! ¡Viste mi llavero!
—Lo vi desde que entraste a la cancha, mi amor.
—Perdimos el partido.
—No, mi amor. Hoy ganaste el partido más importante de tu vida.
Lianny la abrazó tan fuerte que casi la levanta del suelo.
La casita del lago
Esa noche, Arelis llevó a Lianny a la casita junto al lago.
Don Leopoldo estaba pelando cocos. Doña Carmen, removiendo dulce en el caldero.
—¡Abuelo! ¡Abuela! ¡Volví!
Don Leopoldo soltó el machete. Doña Carmen dejó la cuchara de palo dentro del dulce.
Se abrazaron los cuatro en la galería, mirando el lago bajo la luna.
—Abuela, ¿me guardaste dulce de coco?
—Te guardé el caldero entero, mi amor.
Lo que vale un trofeo
Meses después, el director, el sargento y el periodista fueron condenados por fraude contra programas deportivos, explotación laboral infantil, maltrato y difamación.
Los veintitrés niños fueron atendidos. Muchos regresaron con sus familias.
El programa provincial de deportes cambió sus reglas: ninguna beca se aprueba sin un chequeo médico y una visita sorpresa al lugar donde viven los atletas.
Al año siguiente, Lianny jugó el torneo provincial con el equipo de su escuela. Bien alimentada, bien entrenada, con su llavero en el zapato.
Ganaron la medalla de plata.
—La de oro la ganamos el año pasado —dice ella—. Cuando mi hermana me rescató.
Porque hay quienes usan a los niños pobres para cobrar becas que nunca les llegan. Pero en la cancha, el cuerpo no miente.
Y la verdad, como una buena jugadora, siempre salta más alto que la mentira.

