Historias

馃毃 El distribuidor crey贸 que encerrar a la farmac茅utica en su bodega proteger铆a sus medicinas falsas, pero ella escap贸 por el techo con la prueba en la mano 馃槺

Bienvenido, amigo lector. Si llegaste desde Facebook, es porque quieres saber c贸mo termin贸 la historia de Rosal铆a y de aquellas pastillas falsas. Aqu铆 tienes el relato completo. Lee hasta el final, porque te puede servir para cuidar a los tuyos.

El pueblo junto al lago

Jiman铆 es un pueblo caliente y polvoriento, cerca del lago Enriquillo, donde los cocodrilos toman sol y las iguanas cruzan la carretera sin prisa.

All铆 la gente es trabajadora y humilde. Muchos viejitos dependen de sus pastillas para la presi贸n, el az煤car y el coraz贸n.

Por eso, cuando las pastillas dejaron de funcionar, nadie entendi贸 lo que pasaba.

Las pastillas que no serv铆an

Don Severino tomaba su pastilla para la presi贸n todos los d铆as. Aun as铆, la presi贸n le sub铆a a doscientos.

Do帽a Clarita se inyectaba la insulina puntual. Aun as铆, el az煤car no bajaba.

En pocos meses, varios ancianos del pueblo fueron a parar al hospital. Dos murieron.

Los m茅dicos estaban desconcertados.

鈥擡s como si las medicinas fueran agua 鈥攄ec铆a uno de ellos.

La farmacia barata

Todos esos pacientes ten铆an algo en com煤n: compraban sus medicinas en las farmacias que surt铆a un mismo distribuidor, Benjam铆n Guerrero.

Guerrero vend铆a todo a mitad de precio. Dec铆a que ten铆a contactos directos con los laboratorios y por eso pod铆a ofrecer precios tan bajos.

Los due帽os de farmacias estaban felices. Los viejitos tambi茅n, porque les alcanzaba la pensi贸n. Nadie sospechaba nada.

La farmac茅utica nueva

Por esos d铆as, en una farmacia del centro empez贸 a trabajar una farmac茅utica de cuarenta y nueve a帽os llamada Rosal铆a Cuevas. Ven铆a, seg煤n dec铆a, de Barahona.

Era meticulosa y amable. Les explicaba a los viejitos c贸mo tomar cada pastilla y les tomaba la presi贸n gratis.

Un d铆a, revisando una caja de pastillas para la presi贸n, not贸 algo raro. La letra del empaque estaba ligeramente torcida. El color de las pastillas era un poquito m谩s claro.

Se llev贸 algunas a escondidas y las envi贸 a un laboratorio de la capital.

El resultado del laboratorio

Una semana despu茅s lleg贸 la respuesta: las pastillas eran de harina con colorante. No ten铆an ni un miligramo de medicamento.

Rosal铆a sinti贸 que la sangre se le helaba. Pens贸 en don Severino, en do帽a Clarita, en los dos viejitos muertos.

Sigui贸 la pista. Descubri贸 que Guerrero ten铆a una bodega en las afueras del pueblo, cerca de la carretera hacia la frontera. All铆 entraban sacos de polvo blanco y sal铆an cajas con marcas de laboratorios famosos.

La visita a la bodega

Rosal铆a se present贸 en la bodega con una excusa: la farmacia necesitaba un pedido urgente.

Guerrero la recibi贸 sonriendo. Pero cuando ella pidi贸 ver d贸nde guardaban las medicinas, la sonrisa se le borr贸.

A trav茅s de una puerta entreabierta, Rosal铆a alcanz贸 a ver una m谩quina que fabricaba pastillas, tambores de polvo y una impresora que imprim铆a etiquetas.

鈥擴sted no debi贸 ver eso 鈥攄ijo Guerrero, cerrando la puerta.

Encerrada entre cajas

Dos empleados la agarraron por los brazos. La metieron en un cuarto trasero de la bodega, lleno de cajas de medicinas falsas hasta el techo. Cerraron la puerta de metal con candado.

鈥擬a帽ana vemos qu茅 hacemos con usted 鈥攇ru帽贸 Guerrero.

Rosal铆a se qued贸 entre las cajas, con el coraz贸n golpe谩ndole el pecho. El calor de Jiman铆, bajo el techo de zinc, era asfixiante.

Pero pronto not贸 dos cosas. Primero: en un rinc贸n hab铆a una computadora vieja, conectada a una impresora de etiquetas. Segundo: una de las planchas de zinc del techo estaba floja.

La conversaci贸n del otro lado

Esa noche, a trav茅s de la pared, Rosal铆a escuch贸 a Guerrero hablar por tel茅fono con alguien.

鈥擲铆, la farmac茅utica est谩 encerrada. Ma帽ana la llevamos al lago. Los cocodrilos no dejan nada.

Hizo una pausa.

鈥擳ranquilo, el negocio sigue. Este mes vendimos dos millones en pastillas de harina. Las de la presi贸n son las que m谩s se venden. Los viejos no se dan cuenta. Y si se mueren, se murieron de viejos.

Rosal铆a ten铆a en el bolsillo de su bata un peque帽o grabador digital, de los que usaba para dictar recetas. Lo hab铆a encendido en cuanto escuch贸 la voz.

El pendrive

Cuando la bodega qued贸 en silencio, Rosal铆a encendi贸 la computadora vieja. No ten铆a contrase帽a.

Encontr贸 archivos de contabilidad, listas de farmacias, cantidades de pastillas vendidas y nombres de compradores en otras provincias.

En su llavero ten铆a un pendrive. Copi贸 todo con las manos temblando, mirando a cada segundo hacia la puerta.

La huida por el techo

Apil贸 cajas hasta llegar al techo. Empuj贸 la plancha de zinc floja con todas sus fuerzas. Cedi贸 con un chirrido.

Sali贸 al techo bajo un cielo lleno de estrellas. Se desliz贸 por un lado de la bodega, cay贸 sobre un mont贸n de sacos vac铆os y se torci贸 el tobillo.

Cojeando, corri贸 hacia la carretera. Detuvo a un motoconchista que pasaba.

鈥擜l cuartel de la fiscal铆a en el centro, por favor. R谩pido.

La farmac茅utica ten铆a otro t铆tulo

En la fiscal铆a, un fiscal de guardia la mir贸 desconfiado: una mujer sucia, cojeando, con un pendrive en la mano a las dos de la ma帽ana.

Rosal铆a sac贸 del forro de su cartera una credencial.

鈥擨nspectora Rosal铆a Cuevas, direcci贸n de control de medicamentos. Llevo dos meses en esa farmacia. Aqu铆 est谩 la prueba del laboratorio, la contabilidad de Guerrero y su confesi贸n grabada.

El fiscal se puso de pie de un salto.

El allanamiento al amanecer

Al amanecer, la bodega de Guerrero fue allanada. Encontraron la m谩quina de pastillas, cuarenta tambores de harina y colorante, y miles de cajas falsificadas.

Guerrero estaba durmiendo en un catre dentro de la bodega. Despert贸 con una linterna en la cara.

Cuando entr贸 al cuarto trasero y vio el agujero en el techo, se puso p谩lido.

鈥擡sa mujer… 驴c贸mo sali贸?

鈥擯or el mismo lugar por donde se le va a escapar su negocio 鈥攍e respondi贸 el fiscal.

Medicinas de verdad

Guerrero y sus socios fueron condenados por falsificaci贸n de medicamentos y homicidio. Se retiraron de las farmacias de todo el sur miles de cajas falsas.

Don Severino recibi贸 su pastilla verdadera. En dos semanas, su presi贸n baj贸 a lo normal. Do帽a Clarita control贸 su az煤car.

Rosal铆a, con el tobillo vendado, pas贸 por la farmacia a despedirse.

鈥擠o帽a, 驴y ahora qui茅n nos va a tomar la presi贸n? 鈥攑regunt贸 don Severino.

鈥擜lguien que tambi茅n los cuide de verdad. Se lo prometo.

Porque los que juegan con la salud de los m谩s vulnerables creen que la enfermedad esconde sus cr铆menes. Pero la verdad, como una buena medicina, siempre termina haciendo efecto.

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