🚨 La directora creyó que el monte de Pedernales escondería sus caminatas nocturnas con los niños, pero la guía turística tenía cámaras trampa para las iguanas… y una de ellas fotografió a su hermanita 😱
Si llegaste desde Facebook, prepárate. Esta historia pasa en el rincón más lejano del país, donde el monte guarda secretos y las cámaras no duermen.
Una guía de turismo, una iguana de peluche y una foto tomada a las dos de la madrugada. Te lo cuento todo.
La casita del sur profundo
En Pedernales, cerca de la frontera y del mar más azul del país, vivían Don Eugenio y Doña Clotilde.
Don Eugenio había sido carbonero y luego pescador. Ahora, con setenta y ocho años y los pulmones cansados, se sentaba a remendar redes en la sombra.
Doña Clotilde hacía dulce de coco y lo vendía a los turistas que pasaban hacia la playa.
Con ellos vivía Thais, su nieta de siete años. La madre de la niña murió de una infección después de un parto difícil. El padre se fue a la capital y no volvió.
Thais era fascinada por los animales. Conocía los nombres de todos los pájaros, las tortugas y, sobre todo, de las iguanas.
—Abuelo, la iguana rinoceronte tiene un cuernito en la nariz —le explicaba—. Y la iguana de Ricord tiene los ojos rojos.
—¿Y tú cómo sabes tanto?
—Porque mi hermana me enseña.
La hermana mayor de Thais se llamaba Marleny. Tenía treinta años y era guía de ecoturismo en la zona del parque nacional. Llevaba turistas a ver flamencos, iguanas y playas vírgenes. También ayudaba a un grupo de biólogos a contar iguanas con cámaras trampa: pequeñas cámaras escondidas en los árboles que toman fotos cuando algo se mueve.
Para su cumpleaños, Marleny le regaló a Thais una iguana de peluche verde, con un cuernito de tela en la nariz y una cinta roja amarrada al cuello.
—Se llama Cornelia —dijo la niña—. Y es mi guardaespaldas.
El periodista de la capital
Un día llegó a Pedernales un periodista de un programa de reportajes de la capital. Se llamaba Rolando Ferrer y estaba haciendo una serie llamada «El país olvidado».
Recorrió el barrio y se detuvo frente a la casita de Don Eugenio.
—¿Esa niña vive aquí? ¿Con ustedes dos solos?
—Sí, señor. Somos sus abuelos.
—¿Y tienen luz? ¿Agua? ¿Médico cerca?
A todo, Doña Clotilde tuvo que responder con la verdad: la luz se iba, el agua llegaba poco, el médico estaba lejos.
El reportaje se llamó: «Niña olvidada en la frontera: sin agua, sin luz, sin futuro».
—Pero si nosotros estamos aquí —dijo Doña Clotilde, viéndolo en el televisor de una vecina—. ¿Cómo va a estar olvidada?
La directora de las sandalias de cuero
Una semana después, llegó una camioneta del Hogar Infantil Horizonte del Sur. Bajó la directora, Doña Herminia Castro, con sandalias de cuero y un sombrero de paja.
La acompañaba el sargento Lebrón.
—Esta niña merece un futuro —dijo la directora—. Nosotros se lo vamos a dar.
—Su futuro está aquí, con nosotros —dijo Don Eugenio, levantándose con dificultad.
El sargento entró a la casa. Thais estaba sentada en la cama, abrazada a Cornelia.
—¡No me lleven! ¡Cornelia, muérdelos!
El sargento casi sonríe. Luego la cargó sin esfuerzo.
Doña Clotilde se aferró a la puerta de la camioneta. El sargento la apartó y la anciana cayó en la arena.
La niña se fue con la iguana de peluche apretada contra el pecho.
Una guía que conoce el monte
Marleny estaba guiando a un grupo de turistas cuando recibió el mensaje. Dejó al grupo con otro guía y manejó su motor por la carretera de tierra a toda velocidad.
Encontró a su abuela con las rodillas raspadas y a su abuelo con una red sin remendar en las manos.
—Se la llevó con su iguanita —dijo Doña Clotilde—. Por lo menos no está sola.
Marleny fue al Hogar Horizonte del Sur, en las afueras del pueblo, al borde del monte. Era una casa de bloques con un patio cercado. La directora no la dejó pasar.
—La niña está en adaptación. En un mes puede venir.
Fue a la fiscalía local. Le dijeron que esperara. Fue al destacamento. El sargento Lebrón le dijo que se dedicara a sus turistas.
Las cámaras de las iguanas
Pasaron dos semanas.
Un lunes por la mañana, Marleny fue al monte, como cada semana, a cambiar las tarjetas de memoria de las cámaras trampa de los biólogos.
Las cámaras estaban amarradas a los troncos, a la altura de la rodilla, apuntando a los senderos por donde pasan las iguanas. Tomaban fotos automáticamente, de día y de noche, cada vez que algo se movía.
Una de esas cámaras estaba en un sendero que pasaba a menos de un kilómetro del Hogar Horizonte del Sur.
Marleny cambió la tarjeta y, por costumbre, revisó las fotos en su tableta ahí mismo.
Iguana. Iguana. Un perro. Un chivo. Iguana.
Y luego, una foto en blanco y negro, de noche, a las dos y catorce de la madrugada.
Una fila de niños caminando por el sendero. Flacos, descalzos, con linternas pequeñas. Detrás, un hombre con uniforme de policía.
Marleny amplió la imagen.
La última niña de la fila llevaba algo en los brazos. Algo con un cuernito en la nariz y una cinta amarrada al cuello.
Cornelia.
Marleny se sentó en el suelo del monte, con la tableta temblando en las manos.
Una iguana en el sendero
Marleny siguió el sendero hacia donde iba la fila de niños. Caminó media hora entre cactus y árboles secos.
En una curva, junto a una piedra, había algo verde.
Era Cornelia. La iguana de peluche. Con la cinta roja medio desamarrada.
Marleny la levantó con cuidado. Tenía una espina de cactus clavada en una pata, como si la hubieran soltado de golpe.
Siguió caminando. El sendero terminaba en una cabaña de madera escondida entre los árboles, con las ventanas tapadas con plástico negro.
Desde afuera se escuchaba llanto de niños.
Escondida en el monte
Marleny conocía el monte como la palma de su mano. Sabía dónde esconderse sin que nadie la viera.
Se metió entre unos arbustos espinosos a veinte metros de la cabaña y se quedó ahí todo el día, sin moverse, con una botella de agua y la iguana de peluche en la mochila.
Vio cómo, al atardecer, un hombre sacaba a los niños de la cabaña. Les daba un pan a cada uno. Luego los volvía a meter.
Contó once niños.
A las nueve de la noche llegó una yipeta por un camino de tierra. Bajaron la directora Herminia Castro, el sargento Lebrón y un tercer hombre al que Marleny reconoció de la televisión: Rolando Ferrer, el periodista.
Se sentaron en unas sillas plásticas frente a la cabaña, a menos de veinte metros de ella.
Marleny encendió la grabadora de su tableta.
Lo que se dijo bajo las estrellas
—Las fotos de los niños tristes funcionaron muy bien —decía el periodista—. Los padrinos extranjeros mandaron el triple este año.
—Por eso los traemos aquí cuando viene la inspección —respondía la directora—. En el hogar dejamos solo a los cinco más sanos y bonitos. Estos once son los «feos», los enfermos, los que lloran. Nadie los tiene que ver.
—¿Y cuánto tiempo los van a tener aquí?
—Hasta que se vayan los inspectores. Una semana, dos.
—¿Y si se enferman más?
—Ya hay una que tiene fiebre —dijo el sargento—. La niña de la iguana. No para de toser.
—Que tome té de limón —dijo la directora, riéndose—. Aquí no hay farmacia.
Marleny apretó los puños entre las espinas. Pero no se movió.
Tenía que dejar que siguieran hablando.
—Rolando, tu parte de este mes —dijo la directora, entregándole un sobre—. Y el próximo reportaje que sea de una familia del campo con varios niños. Necesitamos llenar el hogar de nuevo.
Un regreso a oscuras
Cuando la yipeta se fue, Marleny esperó una hora más. Luego salió de los arbustos, rasguñada de pies a cabeza.
Se acercó a la cabaña. Golpeó suavemente una tabla.
—Thais. Thais, soy Marleny.
Se escuchó una tos. Luego una vocecita ronca.
—¿Marleny? Perdí a Cornelia.
—La encontré yo, mi amor. Está conmigo. Mañana te la traigo. Aguanta una noche más.
—Tengo mucha fiebre.
—Lo sé. Te lo prometo: mañana.
Marleny caminó de regreso por el monte, de noche, guiándose por las estrellas, como le enseñó su abuelo.
Irrumpir en la comandancia
Marleny no fue al destacamento del sargento Lebrón. Manejó su motor de madrugada hasta Barahona, a la comandancia regional del Sur.
Llegó a las seis de la mañana, con la ropa rota, los brazos llenos de rasguños de espinas y una iguana de peluche en la mano.
En la recepción le dijeron que esperara a las ocho.
—No puedo esperar. Hay una niña con fiebre en una cabaña escondida en el monte.
Marleny caminó por el pasillo y entró a la primera oficina con luz. Era la del oficial de guardia, el teniente coronel Medina.
—Teniente coronel, perdóneme. Hay once niños escondidos en una cabaña en el monte de Pedernales para que los inspectores no los vean. Una de ellas tiene fiebre. Es mi hermana. Y un sargento de ustedes los vigila.
—¿Cómo sabe eso?
Marleny le mostró la foto de la cámara trampa: la fila de niños a las dos y catorce de la madrugada. Luego le puso delante a Cornelia.
—La niña de la foto lleva esta iguana. La encontré en el sendero.
Luego le puso la grabación.
«Que tome té de limón. Aquí no hay farmacia».
El teniente coronel la escuchó entera. Luego llamó a la fiscalía y pidió un helicóptero de rescate.
El rescate en el monte
A las diez de la mañana, la fiscalía, la policía regional y personal médico llegaron a la cabaña escondida. Marleny los guió por el sendero, pasando junto a la cámara trampa.
El hombre que cuidaba la cabaña intentó huir entre los cactus. No llegó lejos.
Abrieron la puerta. Once niños, en el piso, se cubrieron los ojos con la luz.
En un rincón, temblando de fiebre, estaba Thais.
Marleny se arrodilló a su lado y le puso a Cornelia en los brazos.
—Te la traje, mi amor. Como te prometí.
La niña abrazó la iguana de peluche y sonrió con los labios partidos.
—Cornelia te encontró.
—Me encontró una foto. Pero ella me enseñó el camino.
Los paramédicos se llevaron a Thais y a otros tres niños con fiebre al hospital. Tenían neumonía. Los médicos dijeron que llegaron a tiempo, pero muy justos.
Los que se escondían detrás del monte
La directora Herminia Castro fue arrestada en el Hogar Horizonte del Sur, mientras recibía a los inspectores con una sonrisa y cinco niños bien vestidos.
El sargento Lebrón fue detenido en su destacamento por agentes de asuntos internos.
Rolando Ferrer fue arrestado en la capital, en el canal, mientras grababa la introducción de un nuevo episodio de «El país olvidado».
La investigación reveló que la directora usaba las fotos de los niños para conseguir dinero de padrinos extranjeros, mientras escondía a los más enfermos en el monte.
Cornelia vuelve a casa
Una semana después, Thais salió del hospital con Cornelia en los brazos. La cinta roja estaba nueva. Marleny se la había cambiado.
Cuando llegaron a la casita, Don Eugenio remendaba una red en la sombra. Doña Clotilde envolvía dulces de coco.
—¡Abuelo! ¡Abuela! ¡Cornelia y yo volvimos!
Doña Clotilde soltó los dulces. Don Eugenio dejó la red.
Se abrazaron los cuatro bajo la sombra de la mata de uva de playa.
Esa tarde, Thais le explicó a su abuelo cómo funcionan las cámaras trampa.
—Toman fotos solas cuando algo se mueve, abuelo. Aunque nadie esté mirando.
—Como Dios, mi niña —dijo el viejo—. Que ve todo, aunque uno crea que nadie mira.
Lo que el monte no esconde
Meses después, la directora, el sargento y el periodista fueron condenados por maltrato infantil, estafa, ocultación de menores y difamación.
Los once niños de la cabaña fueron atendidos y muchos regresaron con sus familias.
El grupo de biólogos instaló una nueva cámara trampa en el sendero. Al lado pusieron un letrerito: «Aquí cuidamos a las iguanas. Y a los niños también».
Thais quiere ser bióloga, como los amigos de su hermana.
—Para cuidar a los animales —dice—. Y para poner cámaras donde se esconden los malos.
Porque hay quienes creen que el monte y la noche esconden sus crímenes. Pero hasta en el rincón más lejano, siempre hay un ojo abierto.
Y la verdad, como una iguana, sale al sol cuando menos se espera.

