🚨 El comandante encerró a la periodista del pueblo para proteger al dueño de la mina ilegal, pero ella escapó y transmitió su confesión por la radio policial 😱
Si llegaste desde Facebook, bienvenido. Esta es una de esas historias que te hacen levantarte del asiento. Taína no tenía dinero, ni poder, ni abogados. Pero tenía algo que el comandante nunca vio venir. Quédate hasta el final.
El río de su infancia
Taína Guzmán creció a orillas del río Nizao, en un pueblito de la provincia Peravia.
De niña, se bañaba en sus pozas con sus primos. Pescaba camarones de río con su abuelo. Veía a su madre lavar la ropa en las piedras mientras cantaba boleros.
El río era la vida del pueblo. De ahí sacaban el agua para los sembrados de guineo, para el ganado, para beber.
Taína estudió Comunicación Social en Santo Domingo. Cuando terminó, no se quedó en la capital como sus compañeros. Volvió al pueblo.
Abrió una página en Facebook que se llamaba «La Voz del Nizao». Publicaba noticias locales, cumpleaños, velorios, fiestas patronales, reclamos de la comunidad.
Tenía doce mil seguidores. En un pueblo de cinco mil habitantes, eso significaba que hasta los que se habían ido a vivir fuera la seguían.
El río que se moría
Hace dos años, empezaron a llegar los camiones.
Al principio eran dos o tres. Luego diez. Luego treinta por día.
Venían de una finca río arriba, donde un empresario llamado Gerardo Mieses había instalado una mina de arena y grava. Sacaba material directamente del cauce del río con retroexcavadoras y lo vendía a las constructoras de la capital.
No tenía permiso ambiental. Todo el mundo lo sabía.
Pero nadie hacía nada.
En menos de dos años, el río cambió. Las pozas desaparecieron. El agua se volvió color chocolate. Los camarones murieron. En época de seca, el río se quedaba casi sin agua. En época de lluvia, se desbordaba y se llevaba los conucos.
Los agricultores perdían sus cosechas. Los niños tenían infecciones en la piel por bañarse en agua sucia.
Taína empezó a publicar.
Fotos del río destruido. Videos de los camiones. Testimonios de los agricultores.
Sus publicaciones se compartían miles de veces.
Y entonces empezaron las amenazas.
El video del puente
Una tarde, Taína estaba grabando los camiones desde el puente del pueblo cuando vio algo que la dejó helada.
Una patrulla de la policía se detuvo junto a la entrada de la mina.
Se bajó el comandante del destacamento provincial, el mayor Leonardo Taveras. Un hombre bajo, grueso, de cara redonda y bigote cuidado.
Gerardo Mieses, el dueño de la mina, salió a recibirlo.
Hablaron dos minutos. Se rieron. Mieses le entregó un sobre amarillo. El mayor lo guardó en el bolsillo de la camisa del uniforme.
Taína lo grabó todo con su celular desde el puente. A cien metros de distancia. La imagen no era perfecta, pero se veía claramente el uniforme, el sobre y las caras.
Esa noche, publicó el video.
Título: «¿Quién protege a la mina que está matando nuestro río?»
En tres horas tenía cincuenta mil reproducciones.
El arresto en la madrugada
A las cinco de la mañana, tocaron la puerta de la casa de Taína.
Eran cuatro agentes. No traían orden.
—Taína Guzmán, queda detenida por difamación, alteración del orden público e incitación a la violencia.
Su madre salió en bata, gritando.
—¿Incitación a qué? ¡Mi hija no le ha hecho nada a nadie!
—Esas son las órdenes del mayor.
Le quitaron el celular. Le quitaron la computadora. La subieron a la patrulla en pijama y chancletas.
La llevaron al destacamento provincial, en la cabecera de la provincia.
La metieron en una celda sola, al final de un pasillo largo.
A las ocho de la mañana, el mayor Taveras vino a verla.
—Así que tú eres la periodista famosa.
—Soy una comunicadora del pueblo, mayor. Y usted sabe que lo que publiqué es verdad.
—Lo que publicaste es un montaje. Y te va a costar caro. La difamación contra un funcionario público tiene pena de cárcel. Y la incitación a la violencia, más.
—¿Qué violencia?
—Anoche unos agricultores bloquearon la entrada de la mina con piedras. Por culpa de tu video. Eso es incitación.
Taína se agarró de las rejas.
—Esos agricultores están desesperados porque se les murió el río.
El mayor sonrió.
—El río no es asunto tuyo. Tu asunto ahora es un buen abogado. Si es que alguien te lo paga.
El borracho del mediodía
La celda de Taína era la última de tres, al final de un pasillo largo. A la derecha del pasillo había varias puertas: el baño, un depósito, la oficina del mayor y un cuarto con un letrero que decía «Comunicaciones».
Por la ventana alta de su celda, Taína podía oír el patio.
A las doce del mediodía, trajeron a un borracho. Un hombre flaco que gritaba y pataleaba mientras dos agentes lo arrastraban.
—¡Yo no he hecho nada! ¡Suéltenme! ¡Esto es un abuso!
Los agentes abrieron la celda del medio para meterlo. El hombre se resistió, se soltó de uno y se tiró al suelo del pasillo.
Hubo un forcejeo. Gritos. Uno de los agentes cayó al suelo con él. El otro fue a buscar ayuda.
En medio del desorden, el agente que se había caído soltó el manojo de llaves, que resbaló por el piso hasta quedar a centímetros de la celda de Taína.
Taína metió la mano por los barrotes y las agarró.
Nadie lo notó.
Cuando lograron meter al borracho en la celda, el agente se tocó el cinturón.
—¿Y las llaves?
Miró al suelo. Miró alrededor.
—Deben estar en la oficina. Las dejé ahí antes.
Y se fue.
Taína escondió las llaves dentro de su chancleta.
El cuarto de comunicaciones
Esa tarde, a las cuatro, Taína escuchó por la ventana el ruido de una yipeta grande.
Luego escuchó una voz en el patio.
—Dígale al mayor que llegó Gerardo.
El dueño de la mina.
Taína sacó las llaves. Probó una por una en el candado de su celda. La cuarta abrió.
El borracho de la celda del lado dormía roncando.
Taína salió al pasillo en silencio.
La puerta de la oficina del mayor estaba cerrada, y se escuchaban voces. La puerta del cuarto de comunicaciones, justo al lado, estaba entreabierta.
Taína se metió adentro.
Era un cuarto pequeño con una mesa, una silla y un equipo de radio grande, lleno de botones y luces. Un micrófono de mesa con un botón rojo para transmitir. En la pared, un papel pegado con los nombres de las frecuencias: «Canal 1 – Todas las unidades de la provincia. Canal 2 – Central regional.»
El operador de radio no estaba. Había salido a almorzar tarde.
La pared entre el cuarto de comunicaciones y la oficina del mayor era delgada, de plywood. Desde ahí, Taína escuchaba perfectamente.
Lo que dijeron al otro lado de la pared
—Mayor, esa muchacha me está arruinando el negocio —decía Gerardo Mieses—. Ayer los agricultores me bloquearon la entrada. Hoy vino un periodista de la capital a preguntar. ¿Qué vas a hacer con ella?
—Tranquilo, Gerardo. Ya está encerrada. Mañana la presento ante el juez de paz. Tengo un informe donde un agricultor declara que ella lo incitó a tirarle piedras a los camiones. Con eso le dan tres meses de prisión preventiva. En tres meses, la gente se olvida.
—¿Y el video del sobre?
—Ya le dije a mi gente que difunda que es un montaje. Que la muchacha lo editó. Y el sobre, si alguien pregunta, eran documentos de una denuncia.
Gerardo se rió.
—Documentos. Cien mil pesos en documentos.
—Hablando de eso…
Se escuchó el ruido de algo que caía sobre el escritorio.
—Ahí están los de este mes. Y doscientos más por lo de la muchacha. Pero quiero que se quede presa más de tres meses. Que aprenda.
—Eso lo arreglo con el juez de paz. Es compadre mío.
Taína miró el micrófono del equipo de radio.
Miró el botón rojo.
Y miró el papel de la pared. «Canal 1 – Todas las unidades de la provincia.»
La lección de la emisora
Mientras miraba el micrófono, Taína recordó su primer día de práctica en la universidad.
Había sido en una emisora comunitaria de un barrio de Santo Domingo. Una salita pequeña con paredes forradas de cartones de huevo para aislar el sonido y un equipo viejo que se calentaba demasiado.
El director de la emisora era un señor mayor, don Rafael, que había sido locutor durante cuarenta años.
Ese primer día, le puso a Taína la mano sobre el botón de transmitir.
—Muchacha, este botón es lo más poderoso que vas a tocar en tu vida. Cuando lo aprietas, lo que se dice en este cuarto sale al mundo. No hay manera de devolverlo. Por eso solo se aprieta para decir la verdad.
Taína se había reído. Le pareció una frase de película.
Ahora, sentada en un cuarto de comunicaciones de un destacamento, descalza, con las llaves robadas escondidas en la chancleta, entendía exactamente lo que don Rafael había querido decir.
Del otro lado de la pared, dos hombres estaban hablando de destruir un río y encerrar a una inocente.
Y ella tenía delante un botón rojo.
Pensó en su abuelo pescando camarones. En su madre lavando en las piedras. En los niños con la piel llena de llagas por bañarse en agua sucia.
«Solo se aprieta para decir la verdad», pensó.
Y extendió la mano.
El botón rojo
Taína había aprendido a usar esos equipos en la universidad, en una práctica en una emisora comunitaria.
Con cuidado, giró la perilla de canal hasta el número uno.
Luego tomó el micrófono de mesa y lo acercó a la pared de plywood, justo donde las voces se escuchaban más fuerte.
Apretó el botón rojo.
La luz del equipo se puso roja. «TRANSMITIENDO.»
Taína no dijo una sola palabra. Solo sostuvo el botón apretado.
Al otro lado de la pared, sin saberlo, el mayor Taveras y Gerardo Mieses seguían hablando.
Y sus voces salían por los radios de todas las patrullas de la provincia.
En las camionetas que recorrían las carreteras. En los destacamentos de los municipios. En los radios portátiles que los agentes llevaban en el hombro.
—…¿Y el agricultor que va a declarar contra ella?
—Le di cinco mil pesos. Va a decir lo que yo le diga.
—¿Y el fiscal de la provincia?
—Ese no se mete. Sabe que yo sé cosas de él.
—Eres un zorro, Taveras.
—No, Gerardo. Soy un hombre práctico. Tú sacas arena del río, yo saco billetes de tu bolsillo. Todos ganamos. Menos el río.
Los dos se rieron.
Durante cuatro minutos y medio, toda la policía de la provincia escuchó esa conversación.
El agente que entró corriendo
Taína soltó el botón cuando escuchó pasos corriendo en el pasillo.
Se escondió detrás de la puerta del cuarto de comunicaciones.
Un agente joven entró, jadeando, y miró el equipo de radio.
—¿Quién está transmitiendo? ¡Esto está saliendo al aire!
Vio a Taína detrás de la puerta. Los dos se miraron.
El agente era muy joven, de unos veintidós años. En su placa decía «Raso P. Ramírez».
Taína levantó las manos.
—No me haga nada. Solo quería que la verdad se escuchara.
El agente la miró. Miró el equipo. Miró hacia la oficina del mayor.
Su radio portátil, en el hombro, empezó a sonar.
«Aquí Unidad Doce, desde Baní. ¿Alguien más escuchó eso? ¿Era el mayor?»
«Aquí Destacamento de Nizao. Escuchamos todo.»
«Aquí Central Regional. Se ordena a todas las unidades mantener la frecuencia. Asuntos Internos está en camino.»
El raso Ramírez se quedó pálido.
Luego, en voz muy baja, le dijo a Taína:
—Vuelva a su celda. Rápido. Yo no la vi.
La puerta de la oficina
Taína corrió por el pasillo, entró a su celda y cerró la reja.
Justo a tiempo.
La puerta de la oficina del mayor se abrió de golpe. El mayor Taveras salió con la cara roja, con el radio portátil en la mano.
—¿Quién transmitió? ¡¿Quién carajo transmitió?!
Gerardo Mieses salió detrás de él, blanco como un papel.
—Taveras, ¿qué pasó?
—¡Cállate!
El mayor corrió al cuarto de comunicaciones. Estaba vacío. El raso Ramírez estaba en el patio, fingiendo revisar una patrulla.
Luego el mayor corrió hacia las celdas. Miró a Taína.
Ella estaba sentada en el banco, con las manos en el regazo.
—¿Fuiste tú?
—Yo estoy encerrada, mayor. Usted mismo me encerró.
Gerardo Mieses ya estaba corriendo hacia su yipeta.
No llegó a salir del patio.
Los que escucharon
Dos camionetas de Asuntos Internos que estaban en Baní llegaron en veinte minutos. Detrás llegaron un fiscal de la Procuraduría Especializada de Medio Ambiente y un equipo de la Dirección Central de Investigaciones.
La central regional había grabado la transmisión completa. Como graban todo lo que pasa por el canal uno.
El mayor Leonardo Taveras fue arrestado en el patio de su propio destacamento, delante de sus agentes. Gerardo Mieses fue detenido junto a su yipeta, donde tenía otro sobre con dinero.
El raso Ramírez declaró que había encontrado a la detenida en el cuarto de comunicaciones. Pero también declaró que, después de escuchar la transmisión, sabía que ella no había inventado nada.
—Yo entré a la policía para proteger a la gente —dijo ante el fiscal—. No para proteger a los que destruyen los ríos.
El río vuelve a correr
El mayor Taveras fue condenado a doce años de prisión por corrupción, soborno, falsificación de pruebas y detención arbitraria. El juez de paz compadre fue suspendido e investigado. El agricultor comprado confesó y retiró su declaración falsa.
Gerardo Mieses fue condenado a ocho años de prisión por extracción ilegal de materiales, daño ambiental grave y soborno. Se le ordenó pagar la restauración del río.
La mina fue clausurada. Las retroexcavadoras fueron decomisadas.
El Ministerio de Medio Ambiente inició un plan de recuperación del cauce del Nizao. Plantaron miles de árboles en sus orillas. Construyeron pequeñas represas de piedra para que el agua volviera a formar pozas.
Tardó tres años.
Pero un día de verano, Taína publicó un video en «La Voz del Nizao».
Mostraba a un grupo de niños bañándose en una poza de agua clara. Riéndose. Saltando desde una piedra.
Y a un viejo pescando camarones de río, como hacía su abuelo.
El título decía: «Nuestro río está vivo.»
El video tuvo más de un millón de reproducciones.
La voz que no pudieron callar
Hoy, «La Voz del Nizao» tiene más de ciento cincuenta mil seguidores. Taína recibió el Premio Nacional de Periodismo Comunitario.
En su discurso, dijo:
—Me encerraron porque creyeron que sin celular no tenía voz. Pero la voz no está en el celular. Está en la verdad. Y la verdad siempre encuentra un micrófono.
El raso Ramírez fue ascendido a cabo. Taína lo invitó a la inauguración del sendero ecológico del río. Él fue con su uniforme planchado y le llevó flores a la madre de Taína.
Cuando le preguntan a Taína qué sintió al apretar el botón rojo, se ríe.
—Sentí que mi abuelo me estaba agarrando la mano. Él siempre decía que el río habla, pero que hay que saber escucharlo. Ese día, por fin, todo el mundo lo escuchó.
Porque los poderosos creen que encerrando a una persona encierran también la verdad. Pero la verdad no cabe en una celda. Y cuando alguien valiente le da la oportunidad, sale por el lugar menos pensado y llega a los oídos de todos.

